jueves, 7 de noviembre de 2019

EL TURISMO DE CARRETERA EN LA ESTACION ORTIZ DE ROZAS

Por Miguel Garin

Un día entre los días el Turismo de Carretera pasó por la estación
 ferroviaria de Ortiz de Rozas.

Sí, es cierto, una vez el TC recorrió nuestros caminos, los caminos de la zona de Ortiz de Rozas en el partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires. Aunque en esta nota haya algo de ficción, aquello fue real y yo vi a los corredores, oí sus rebajes, vi las bruscas frenadas, las violentas aceleradas, presentí las luchas de los pilotos para dominar a sus tronantes máquinas, en fin, yo los vi.

Entre tanto público  hubo una presencia extraordinaria que para muchos pasó desapercibida, alguien que es capaz de leer cosas en la vida de cada uno: el señor Destino.

Fue el domingo 10 de julio de 1960, cuando se disputó la Segunda Vuelta de la Ciudad de 9 de Julio que tuvo este circuito: largada sobre la ruta nacional 5, frente al acceso a la ciudad. Partió con dirección a Bragado con bajada a la tierra en Comodoro Py. Luego  Ortiz de Rozas, mas adelante a la “curva del molino”, frente al campo de Beiner, donde los competidores doblarían a la derecha en busca de las localidades de Morea y Dudignag para  llegar al punto de partida. La extensión del circuito sería de 151,9 kms. y deberían completarse cuatro vueltas. El orden de largada fue determinado por una prueba de clasificación que se disputó el día sábado.

La Carrera se largó en la ciudad de Nueve de Julio a las 9 de la mañana con un intervalo de 1 minuto entre auto y auto.

¿Qué si me acuerdo? Claro que si,  con la emoción que tenía….ya en los días anteriores habíamos visto como arreglaron el camino, ese mismo camino que cuando llovía se volvía intransitable había cambiado,  se le había aportado tierra, se le había pasado la máquina “Champion” hasta dejarlo “como un billar” y se le había pintado los postes de los alambrados, en cada curva, con códigos para los pilotos. Sin embargo a raíz de las lluvias recientes hubo mucha agua en las banquinas y charcos  que le agregaron  emoción a la carrera.

Una muchedumbre vino en todo tipo de medios, en automóviles, en camionetas,  en cuyas cajas podía verse a gente apretada; en motos, en sulkys llevando  a familias arrebujadas con toda clase de ropas;  por allí un tractor tirando un acoplado lleno de gente, por aquí camiones, algunos de los cuales llevaban la caja cubierta con lonas, debajo de las cuales se asomaban cabezas, hasta en tren vino gente desde Buenos Aires y de las estaciones intermedias. A los Lázzaro, a los Zillotti, Sangrica, Salido, a los Acosta, Picone, Caldarelli, González, a los Ramírez, Ferraresi, Abriola, Pecorelli, a los  Paz, Andrés, Linzoain, Carrizo, Chiattone, Garín, Beiner,  en fin, a los vecinos de la zona, aquel día se les sumó una multitud, con epicentro en la estación de trenes y en los dos lomos de burro existentes frente al campo de don Andrés Estensoro, pero también a lo largo de todo el perímetro.

-Aún no habían terminado de largar los últimos participantes en Nueve de Julio cuando ya los primeros llegaban a Ortiz de Rozas. Nos parecía mentira que en algo así como 20 minutos  estuvieran ante nosotros;  no podíamos ver desde lejos los autos de carrera porque los montes que circundan la estación nos lo impedían pero los oíamos, cada vez más cerca, hasta que todas las cabezas de aquel numeroso público giraron y una exclamación corrió como un fluido eléctrico …..¡ahí viene uno! Y efectivamente, vimos aparecer al número 2 de Navone, un Ford blanco y negro, acelerando a pleno, al que se le escuchó un brusco cambio en el sonido del motor –por los rebajes - para abordar la curva a la izquierda y nueva aceleración a fondo.




En un tiempo en que aún circulaban sulkys, en el que aún era común ver los  Ford “A” de fines de los años 20 y principios de los 30, marchando a no más de  40 kilómetros a la hora, la aparición del primer coche de carrera nos pareció estratosférica.

No habíamos terminado de digerir su irrupción insólita cuando llegó el segundo auto, en éste caso el número 1 de Ernesto Baronio, también un Ford. Nueva exclamación de admiración.

Unos segundos después se nos presentó el número 3, un Chevrolet  conducido por Néstor Marincovich, que ese día estrenaba seudónimo. “Sandokán”.

Acto seguido pasaron juntos el número 5 de Petrini, el 7 de Rodolfo de Alzaga y uno muy esperado, el 8 de Juan Gálvez. Todos haciendo lo mismo: frenado, dos aceleradas intermedias para los rebajes, curva a la izquierda y aceleración a todo gas con la nariz de los autos apuntando a la escuela 35.

Luego pasaron el 6 de Machado, el 9 de Ferrer, el 12 de Marcos Ciani, el 11 de Rafael Baldrés y así  hasta el último que fue el 38 de Santiago Luján Saigós, derrapando y sin aflojar el acelerador, ante el griterío del público que aplaudió el arrojo del piloto.

Junto a nosotros una familia proveniente de un campo de Emita compuesta por mamá, papá, abuela, niña, niño –llamado Floreal-   y dos peones no dejaban de comentar la carrera.

Verdad es que a Floreal que era una verdadera piel de judas, poco le interesaba el espectáculo  no paraba de correr, de jugar, de treparse a los alambrados, de jugar con su perro “chucho” al que habían traído para que también asistiera a la competencia.

-“Pasamos temprano por Baudrix y Araujo y llegamos cuando ya había mucha gente aquí” –comentaban-

Mucho frío. Entre vuelta y vuelta la gente vivía el día como un picnic en el que no faltaba el fuego para el mate y para el asado, cuyo olorcito estimulaba el apetito.

La carrera fue muy disputada en todo momento y se vivió como se hacía en aquella época, con la vista, con el oído, escuchando la radio y con el cronómetro,  pues sabiendo el orden de largada fácil era deducir quién iba ganando.

Al completarse el primer circuito el primero era Juan Carlos Navone. En la segunda vuelta pasó al frente Juan Gálvez que amplió la ventaja a más de un minuto y medio en la tercera vuelta y pareció que todo estaba decidido, porque esa diferencia en el bolsillo del súper campeón era mucha plata, pero después se verificó el avance de Marincovich. 

 -Vení Florealcito a ver los coches -le decía el padre al hijo-  que no paraba de corretear con el perro, porque para él, todo el Turismo de Carretera junto no valía lo que jugar con “chucho”.

Al comenzar la última vuelta Marincovich se mostró desafiante y apuró el paso. ¿Quien dijo que estaba todo listo? Las radios trasmitían cómo se acortaba la diferencia. El público se arrimó a los alambrados con la vista clavada en el fondo del camino esperando el paso de los dos volantes.

¿Quién ganaría, Juan Gálvez, agregándole una estrellita más a su rico historial o “Sandokan” Marincovich? ¿Quién ganaría el Ford o el Chevrolet? ¿El piloto de Capital Federal o el natural de Arrecifes?

Al paso por Comodoro Py  la ventaja de Gálvez se redujo a la mitad. Por Ortiz de Rozas se volvió a achicar.

Fue en aquel momento que jugando con “chucho”,  Floreal resbaló y cayó con todo el cuerpo en un charco. Su madre no lo podía creer  Justo ahora –le decía- que van a pasar los punteros por última vez. Agarró al niño de una oreja y prácticamente en el aire lo llevó a la camioneta para limpiarlo y abrigarlo como pudo. ”Floreal siempre igual”  le regañó.

En la “curva del molino” estuvieron prácticamente empatados, solo los separaban 36 segundos que para la época era una diferencia tan fina como un hilito y solo quedaban los últimos 75 kilómetros de camino para conocer el desenlace.

El sábado previo  “Sandokan” se retiró contrariado de la prueba de clasificación y no supo que estaba en la víspera, pero desde hacía tiempo venía madurando el triunfo. Manejó  poseído de un formidable impulso. Aquel día debía ganar si o si por aquello de que cuando el santo pasa por la puerta de la casa hay que agarrarlo y meterlo adentro. ¿Volvería a tener otra oportunidad como ésta?

Y manejó como un magnífico profesor Juan Gálvez, que además de tener una trayectoria esmaltada por ocho campeonatos,  venía con una racha de fortuna,  con los éxitos obtenidos en la Mar y Sierras,  en La Pampa, en Arrecifes y en Rojas ¿Sería éste su quinto triunfo del año? ¿Sería éste su noveno campeonato?

La incertidumbre se extendió hasta el último momento para conocer el resultado de la prueba que fue espléndida, que dio todo de sí para entretener al público. Llegó Marincovich y hubo que esperar al arribo de Juan para saber con quién se quedaba la gloria. Entre ambos había una diferencia de 5 minutos de largada.  Los relojes dictaron su inapelable sentencia: el ganador era Marincovich por 32 segundos.

Curiosamente unos años antes Juan ya había perdido una carrera por la misma cantidad de tiempo. Fue cuando el Gran Premio de 1952, que ganó Rosendo Hernández. ¡Vaya!

El  día fue único e irrepetible para el paraje rural de Ortiz de Rozas. Todo lo que se vio fue materia de conversación por mucho tiempo. Hoy sigue siendo materia para el recuerdo.

Sutil y callado él había estado con nosotros viendo todo el desarrollo de la disputa. Entrecierro los ojos y vuelvo a  verlo. ¿Qué era esa mirada taciturna del señor Destino? ¿Era presagio?

Por un momento me retrotraigo en el tiempo y le pregunto:

-¿Qué ve Sr. Destino?

-Veo la vida y la muerte, me responde con gravedad. Y como con un lamento exclama:

- ¡Ah… este muchacho Marincovich!  ¡Ah…  si Juan Gálvez corriera con el cinturón de seguridad bien abrochado!

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