Un día entre los días el Turismo de Carretera pasó por la estación ferroviaria de Ortiz de Rozas.
Sí, es cierto, una vez
el TC recorrió nuestros caminos, los caminos de la zona de Ortiz de Rozas en el
partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires. Aunque en esta nota haya algo
de ficción, aquello fue real y yo vi a los corredores, oí sus rebajes, vi las
bruscas frenadas, las violentas aceleradas, presentí las luchas de los pilotos
para dominar a sus tronantes máquinas, en fin, yo los vi.
Entre tanto
público hubo una presencia
extraordinaria que para muchos pasó desapercibida, alguien que es capaz de leer
cosas en la vida de cada uno: el
señor Destino.
Fue
el domingo 10 de julio de 1960, cuando se disputó la Segunda Vuelta de la
Ciudad de 9 de Julio que tuvo este circuito: largada sobre la ruta nacional 5,
frente al acceso a la ciudad. Partió con dirección a Bragado con bajada a la
tierra en Comodoro Py. Luego Ortiz de Rozas,
mas adelante a la “curva del molino”, frente al campo de Beiner, donde los
competidores doblarían a la derecha en busca de las localidades de Morea y
Dudignag para llegar al punto de
partida. La extensión del circuito sería de 151,9 kms. y deberían completarse
cuatro vueltas. El orden de largada fue determinado por una prueba de
clasificación que se disputó el día sábado.
¿Qué si me acuerdo? Claro que si, con la emoción que tenía….ya en los días anteriores habíamos visto como arreglaron el camino, ese mismo camino que cuando llovía se volvía intransitable había cambiado, se le había aportado tierra, se le había pasado la máquina “Champion” hasta dejarlo “como un billar” y se le había pintado los postes de los alambrados, en cada curva, con códigos para los pilotos. Sin embargo a raíz de las lluvias recientes hubo mucha agua en las banquinas y charcos que le agregaron emoción a la carrera.
Una muchedumbre vino en todo tipo de medios, en automóviles, en camionetas, en cuyas cajas podía verse a gente apretada; en motos, en sulkys llevando a familias arrebujadas con toda clase de ropas; por allí un tractor tirando un acoplado lleno de gente, por aquí camiones, algunos de los cuales llevaban la caja cubierta con lonas, debajo de las cuales se asomaban cabezas, hasta en tren vino gente desde Buenos Aires y de las estaciones intermedias. A los Lázzaro, a los Zillotti, Sangrica, Salido, a los Acosta, Picone, Caldarelli, González, a los Ramírez, Ferraresi, Abriola, Pecorelli, a los Paz, Andrés, Linzoain, Carrizo, Chiattone, Garín, Beiner, en fin, a los vecinos de la zona, aquel día se les sumó una multitud, con epicentro en la estación de trenes y en los dos lomos de burro existentes frente al campo de don Andrés Estensoro, pero también a lo largo de todo el perímetro.
-Aún
no habían terminado de largar los últimos participantes en Nueve de Julio
cuando ya los primeros llegaban a Ortiz de Rozas. Nos parecía mentira que en
algo así como 20 minutos estuvieran ante
nosotros; no podíamos ver desde lejos
los autos de carrera porque los montes que circundan la estación nos lo
impedían pero los oíamos, cada vez más cerca, hasta que todas las cabezas de
aquel numeroso público giraron y una exclamación corrió como un fluido
eléctrico …..¡ahí viene uno! Y efectivamente, vimos aparecer al número 2 de
Navone, un Ford blanco y negro, acelerando a pleno, al que se le escuchó un
brusco cambio en el sonido del motor –por los rebajes - para abordar la curva a
la izquierda y nueva aceleración a fondo.
En
un tiempo en que aún circulaban sulkys, en el que aún era común ver los Ford “A” de fines de los años 20 y principios
de los 30, marchando a no más de
No
habíamos terminado de digerir su irrupción insólita cuando llegó el segundo
auto, en éste caso el número 1 de Ernesto Baronio, también un Ford. Nueva
exclamación de admiración.
Unos
segundos después se nos presentó el número 3, un Chevrolet conducido por Néstor Marincovich, que ese día
estrenaba seudónimo. “Sandokán”.
Acto
seguido pasaron juntos el número 5 de Petrini, el 7 de Rodolfo de Alzaga y uno
muy esperado, el 8 de Juan Gálvez. Todos haciendo lo mismo: frenado, dos
aceleradas intermedias para los rebajes, curva a la izquierda y aceleración a
todo gas con la nariz de los autos apuntando a la escuela 35.
Luego
pasaron el 6 de Machado, el 9 de Ferrer, el 12 de Marcos Ciani, el 11 de Rafael
Baldrés y así hasta el último que fue el
38 de Santiago Luján Saigós, derrapando y sin aflojar el acelerador, ante el
griterío del público que aplaudió el arrojo del piloto.
Junto
a nosotros una familia proveniente de un campo de Emita compuesta por mamá,
papá, abuela, niña, niño –llamado Floreal-
y dos peones no dejaban de comentar la carrera.
Verdad
es que a Floreal que era una verdadera piel de judas, poco le interesaba el
espectáculo no paraba de correr, de
jugar, de treparse a los alambrados, de jugar con su perro “chucho” al que
habían traído para que también asistiera a la competencia.
-“Pasamos temprano por
Baudrix y Araujo y llegamos cuando ya había mucha gente aquí” –comentaban-
Mucho
frío. Entre vuelta y vuelta la gente vivía el día como un picnic en el que no
faltaba el fuego para el mate y para el asado, cuyo olorcito estimulaba el
apetito.
La
carrera fue muy disputada en todo momento y se vivió como se hacía en aquella
época, con la vista, con el oído, escuchando la radio y con el cronómetro, pues sabiendo el orden de largada fácil era
deducir quién iba ganando.
Al
completarse el primer circuito el primero era Juan Carlos Navone. En la segunda
vuelta pasó al frente Juan Gálvez que amplió la ventaja a más de un minuto y
medio en la tercera vuelta y pareció que todo estaba decidido, porque esa
diferencia en el bolsillo del súper campeón era mucha plata, pero después se
verificó el avance de Marincovich.
-Vení
Florealcito a ver los coches -le decía el padre al hijo- que no paraba de corretear con el perro,
porque para él, todo el Turismo de Carretera junto no valía lo que jugar con
“chucho”.
Al
comenzar la última vuelta Marincovich se mostró desafiante y apuró el paso.
¿Quien dijo que estaba todo listo? Las radios trasmitían cómo se acortaba la
diferencia. El público se arrimó a los alambrados con la vista clavada en el
fondo del camino esperando el paso de los dos volantes.
¿Quién
ganaría, Juan Gálvez, agregándole una estrellita más a su rico historial o
“Sandokan” Marincovich? ¿Quién ganaría el Ford o el Chevrolet? ¿El piloto de
Capital Federal o el natural de Arrecifes?
Al
paso por Comodoro Py la ventaja de Gálvez
se redujo a la mitad. Por Ortiz de Rozas se volvió a achicar.
Fue
en aquel momento que jugando con “chucho”,
Floreal resbaló y cayó con todo el cuerpo en un charco. Su madre no lo
podía creer Justo ahora –le decía- que van a pasar los punteros por última vez. Agarró
al niño de una oreja y prácticamente en el aire lo llevó a la camioneta para
limpiarlo y abrigarlo como pudo. ”Floreal
siempre igual” le regañó.
En
la “curva del molino” estuvieron prácticamente empatados, solo los separaban 36
segundos que para la época era una diferencia tan fina como un hilito y solo
quedaban los últimos
El
sábado previo “Sandokan” se retiró
contrariado de la prueba de clasificación y no supo que estaba en la víspera,
pero desde hacía tiempo venía madurando el triunfo. Manejó poseído de un formidable impulso. Aquel día
debía ganar si o si por aquello de que cuando el santo pasa por la puerta de la
casa hay que agarrarlo y meterlo adentro. ¿Volvería a tener otra oportunidad
como ésta?
Y
manejó como un magnífico profesor Juan Gálvez, que además de tener una
trayectoria esmaltada por ocho campeonatos,
venía con una racha de fortuna,
con los éxitos obtenidos en la Mar y Sierras, en La Pampa, en Arrecifes y en Rojas ¿Sería
éste su quinto triunfo del año? ¿Sería éste su noveno campeonato?
La
incertidumbre se extendió hasta el último momento para conocer el resultado de
la prueba que fue espléndida, que dio todo de sí para entretener al público.
Llegó Marincovich y hubo que esperar al arribo de Juan para saber con quién se
quedaba la gloria. Entre ambos había una diferencia de 5 minutos de largada. Los relojes dictaron su inapelable sentencia: el ganador era Marincovich por 32
segundos.
Curiosamente
unos años antes Juan ya había perdido una carrera por la misma cantidad de
tiempo. Fue cuando el Gran Premio de 1952, que ganó Rosendo Hernández. ¡Vaya!
El día fue único e irrepetible para el paraje rural de Ortiz de Rozas. Todo lo que se vio fue materia de conversación por mucho tiempo. Hoy sigue siendo materia para el recuerdo.
Sutil
y callado él había estado con nosotros viendo todo el desarrollo de la disputa.
Entrecierro los ojos y vuelvo a verlo. ¿Qué
era esa mirada taciturna del señor Destino? ¿Era presagio?
Por un momento me
retrotraigo en el tiempo y le pregunto:
-¿Qué
ve Sr. Destino?
-Veo
la vida y la muerte, me responde con gravedad. Y como con un lamento exclama:
-
¡Ah… este muchacho Marincovich! ¡Ah… si Juan Gálvez corriera con el cinturón de
seguridad bien abrochado!

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