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miércoles, 15 de diciembre de 2021

ARMANDO PAZ Y MIS VACACIONES DE INVIERNO:

 Por Miguel Garin

Aquellas fueron mis mejores vacaciones de invierno.

En 1965, cuando  yo contaba con  once años de edad,  recibí una propuesta de mis padres: podría elegir entre viajar con ellos a Mar del Plata en las dos semanas o quedarme en nuestra chacra, ubicada en el camino a la estación ferroviaria de Ortiz de Rozas, en el partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, en compañía de Armando Paz, peón y hombre muy querido por la familia.

En Mar del Plata estaba mi hermanita Maite desde varios meses atrás reponiéndose de una enfermedad y mis padres decidieron ir a visitarla, con mis otras hermanas, para que la pequeña de solo cuatro años recuperara contacto con la familia.

A mí la posibilidad de quedarme solo de familia, me pareció todo un mundo desconocido, un mundo ancho de libertad,  y en medio de un arrebato de entusiasmo decidí aceptar la segunda propuesta, porque entendí que en ese precioso espacio de tiempo, tendría el poder de hacer lo que yo quisiera.

Por aquellos años los padres no tenían miedo de dejar solos a sus hijos. En la sociedad de hoy, con los peligros existentes, sin la apacible inocencia de la época, sin la vida relajada de antes en el campo, sería imposible un caso como este.

Armando Paz a la sazón rayaba los 35 años de edad y fue un excelente compañero.

Era un hombre extraordinariamente tímido y de carácter blando como una paloma.

Si al final del día, luego de haber compartido horas de trabajo, de haber tomado mates, de haber intercambiado conversaciones,  lograba vencer en  algo la timidez, a la mañana siguiente la encontraba renovada y todo tenía que comenzar de nuevo.

Conmigo siempre estaba predispuesto a hacerme toda clase de gustos y de enseñarme lo que estuviera a su alcance.

Yo lo trataba con excesiva confianza, con desparpajo, propia de chico malcriado, al que cualquier capricho por absurdo que fuera, debía atendérsele;  claro que cuidándome muy bien de que no lo advirtieran mis padres y era así que el pobre Armando asentía con una sonrisa mis impertinencias. Pero esta forma de ser tan quedada, del modo que acabo de dibujarla, no le impidió ponerme límites.

En los primeros momentos que quedamos solos y estando recorriendo los lugares inexplorados de la casa di en la despensa con una lata de 5 kilos de dulce de batata.

Lo que sucedió con aquella lata fue que entregados  con cuerpo y alma a la gula,  no paramos de visitarla a toda hora, a un ritmo tan frenético que a los tres días la habíamos liquidado.

Pero volviendo al primer día, recuerdo que era una mañana fría y soleada y que todo nos producía risa. Decidimos hacer un paseo por el campo en un pequeño acoplado tirado por dos caballos.

Primera sorpresa, Armando me dio las riendas y lo conduje a mi gusto.

Además hicimos algo prohibidísimo: llevamos las escopetas. Las armas ejercían sobre mí una seducción irresistible.  Armando me hizo practicar y resultó que salí buen tirador, al tercer ensayo ya estaba en condiciones de darle a cualquier cosa.

-Vamos a cazar solo lo que comeremos - dictaminó Armando -  con tono tímido pero firme. Y así se hizo, regresamos con algunas perdices.

Una mañana recorríamos un cuadro donde estaba la tropilla de caballos y puse atención en uno de ellos, el Siete y medio. Era el caballo de papá.

Había una ley no escrita basada en la costumbre y el respeto,  que decía que a ese caballo solo lo subía él.

Se me iluminaron los ojos y Armando que rápidamente interpretó mis deseos me ayudó a llevarlo hasta el corral para que lo pudiera ensillar.

Qué caballo. Tenía un galope tan suave que parecía que uno iba entre nubes. Y qué ligero que era. Andando en él solíamos internarnos en el gran cañadón, por entonces lleno de agua y poblado de todo tipo de aves acuáticas, de juncos y duraznillos.

No siempre estuvimos solos. Fueron varias las visitas que recibimos.

De los muchachos jóvenes de la zona, sabiendo que no estaban los patrones, vinieron Jorge Nicora, Esteban Demarco y el “Negro” Ledesma.

Caían de tardecita, luego de haber terminado  el trabajo y se quedaban a cenar. Comíamos las perdices, los patos y las liebres que cazábamos durante el día. Para hacerlo distinto, a las perdices y a los patos  los hacíamos a la parrilla porque el encanto era hacer algo distinto y comer afuera de la cocina de la casa nos parecía una novedad. Luego la conversación se extendía al calor del fuego hasta las once o doce de la noche.

Jorge Nicora era un muchacho de unos veinticinco años. Alegre y vivaracho, aficionado a las travesuras y a las bromas.

Venía a casa montado en su yegua alazana, muy linda,  a la que le atribuía cuanta maravilla era posible imaginar y con la que solía participar, según decía, en las cuadreras de la zona.

Jamás se sabrá si con su yegua tenía  el éxito que contaba, por aquello de que “el castigo que sufre el mentiroso es que cuando dice la verdad, nadie le cree”.

Un día que vino a la mañana me encontró montado en el Siete y medio  – mirá cuando se entere don Miguel -  me amenazó entre risotadas.  Me desafió a correr una carrera.

Armando, ya con algo de fastidio, aceptó el desafío por mí. El mismo se puso de “rayero” y desde allí dio la señal de largada. Eran unos doscientos metros.

Piqué el caballo que salió con fuerza y con mi inexperiencia,  le gané por un cuerpo entero. Aquella vez Nicora quedó callado la boca.

En un momento, cuando ya estaba yéndose me sorprendió con un pedido: como al descuido me preguntó: ¿Miguel me prestás el caballo? pasado mañana te lo devuelvo.

Me agarró de improviso y no supe decirle que no. Cuando quise acordar ya se lo llevaba de tiro.

Armando, que no estaba presente, en cuanto se dio cuenta me lo recriminó. ¿Cómo que le prestaste el caballo? ¿Y si le pasa algo? ¿Cuando dijo que lo trae de vuelta? ¿Y para qué lo quiere?

-Me dijo –traté de explicar algo- que lo quiere para correrle una carrera no sé a quién…Armando quedó disgustado.

Tardes cortas, enseguida anochecía. En uno de estos días regresando a casa nos asustamos. Con los últimos resplandores de la tarde desde el campo divisamos que había un grupo grande de hombres, quizá unas diez personas. Era la policía. ¿Qué había pasado? Había sucedido que desde hacía dos meses estaba perdido un hombre, Agapito Demostes, peón de un vecino.

Se lo había visto por última vez una tarde, luego de una yerra, en la que había comido y bebido en abundancia. Luego salió caminando a campo traviesa en dirección a la ciudad de 25 de Mayo. Desde entonces no se tenían más noticias.

La policía nos hacía toda clase de preguntas ¿recorren con frecuencia el campo? ¿Y al cañadón también lo recorren? Verdad que no habíamos visto nada. Pero tan solo un mes después, cuando las aguas bajaron, el pobre Demostes apareció enredado en un alambrado. Murió ahogado.

El asunto nos impresionó y esa noche no cenamos afuera de la casa, sino en la cocina.

La conversación daba vueltas sobre este asunto. Recién cuando nos cansamos  irrumpió el  tema de  cómo se cazan perdices durante las noches. -Hay que encandilarlasdecían Armando y Esteban Demarco - Para eso  necesitamos un reflector.

¿Cómo podríamos hacernos de uno? Armando miraba el farol sol de noche que estaba sobre la mesa y pensaba, como si entreviera el amanecer de una idea.  Mañana veremos, sentenció.

A mí me parecía un suceso extraordinario salir de noche a cazar perdices con un farol y me acosté pensando en eso.

Al día siguiente hacer el reflector fue toda una aventura.

Al farol sol de noche Armando le adosó al tubo de luz una lata de aceite de cuatro litros, vacía, a la que le había cortado tanto la tapa como el fondo. Al resto del tubo de luz del farol lo tapó con cartones.

 Quedamos satisfechos, hasta parecía que el propio artefacto nos aseguraba que ya no era farol, que ahora era “reflector”. Para ello debíamos examinarle el título.

A la noche salimos a caminar. La luna descendente. La noche oscura y fría.  El reflector funcionó perfectamente, el haz  de luz salía con fuerza por la lata de aceite,  encandilaba  a las pobres perdices que quedaban a nuestra merced.

Llegando a casa Armando, retraído,  no hablaba. ¿Otra vez con ese temblor de ánimo que le producía  la timidez?

-¿Qué te pasa Armando?  - le pregunté -

-Me pasa  -contestó turbado-  que ha terminado otro día y Nicora no ha devuelto el caballo. ¿Nos habrá mentido?

Yo también quedé pensativo.

Una tarde recibimos la visita de una vecina, la señora Beba Beiner, quería hablar con papá. No sabía que la familia estaba ausente. ¿Y vos que hacés acá que no te fuiste? me preguntó. “Quedé de ayudante” le contesté. Otra tarde vino Nadares, el amansador; también, que papá regresaría el próximo domingo, que pase la semana siguiente.

El paso de las horas, de los días, se nos escurría como el agua entre las manos. Habíamos gozado de unas vacaciones que con el paso de los años la recuerdo como la más linda que tuve, quizá por el conjunto de sensaciones que me dejaron, de atrevimiento, de licencias, de osadía y algo de desenfreno.

Aún faltaba un par de días para el domingo y tratábamos de mirar todo, de estar atentos porque entendíamos  que tendríamos que responder a una andanada de preguntas. Por otro lado, ya extrañaba a la familia.

Y cuando menos lo esperábamos, el sábado a la tarde, llegaron de regreso.

Nos abrazamos y nos besamos durante un largo rato, traían noticias de Maite, incluso fotos donde se la podía ver muy recuperada y algunos regalos para Armando y para mí.

En contra de lo que imaginábamos papá no hizo muchas preguntas. Se extrañó cuando le contamos la “visita” de la policía pero por lo demás, aprobó lo que le informamos con una sonrisa bonachona.

Armando se puso de pie y se despidió de nosotros. Hasta el lunes ya no tendría necesidad de venir.

En poco se hizo de noche y se organizó una rápida cena, todos contaban mil cosas. Qué bien que la vimos a Maite.  Y qué ciudad tan linda es Mar del Plata,  aún en invierno,  repetían.

 Después de cenar mamá se me acercó y comenzó a hacerme unas caricias que rápidamente ganaron en altura y se establecieron en mi cabello y lo que parecía puro cariño derivó en la búsqueda  de posibles piojos; nada encontró pero no se detuvo hasta que le respondí: ¿antes de dormir rezaron? si mamá, rezamos. ¿Y se ducharon? si mamá nos duchamos. ¿Cuántas veces? tres o cuatro veces (aunque la verdad no recuerdo que hayamos pasado debajo de la ducha ni una sola vez). ¿Y se cambiaron las sábanas? si mamá las cambiamos. ¿Y las toallas? (porque las que vi en el baño están de color marrón) si mamá, a las toallas también las cambiamos…

Mi padre me miraba con compasión.

Me fui a dormir preocupado. Del caballo faltante no se había hablado, al día siguiente debía sincerarme con papá.

Mi turbación era tal que el domingo a la mañana buscaba el mejor momento, no quería que nadie más de la familia escuchara, no quería que hubiera testigos de lo que consideraba una confesión.

Pero aún faltaba  que sucediera algo: con asombro lo vi llegar a Armando. Con su mirada me di cuenta que venía directo a hablar conmigo.

-¿Ya le dijiste a tu papá? me preguntó en voz baja mientras se bajaba de la bicicleta.

-No, todavía no.

-Vine a acompañarte, para que cuando se lo digas no estés solo.

¡Ah… Armando! Suele haber en el corazón de los hombres misterios tan grandes de generosidad, de sacrificio, de amor,  que las palabras jamás serán suficientes para explicarlos. Armando interrumpió el descanso del domingo para estar junto a mí. Entendió que estando acompañado por él yo no sentiría miedo de afrontar el momento.

Lo vimos a papá en el patio de la casa. Era la oportunidad. Arranqué yo:

-Papá te quiero hablar de un asunto del que ayer no te dije nada….

-¿Qué pasa Miguelón? me detuvo con cara de extrañado.

- Pasa que hace unos días Jorge Nicora….

-Ah sí, ya me imagino ¿es por lo del Siete y medio? –me interrumpió mirándonos a los dos que escuchábamos asombrados.  Porque viniendo para acá  - continuó - me lo crucé en el camino, me detuve a conversar y me contó todo, no vino a devolverlo porque estuvo enfermo,  mañana lunes vendrá…..Imagino Miguelón que cuando te lo pidió no supiste decirle que no.

- Es cierto papá, cuando quise acordar ya se lo llevaba de tiro y Armando me lo recriminó. ¿Pero si ya lo sabías, porqué no me dijiste algo?

Entonces, abriendo grande aquellos ojos mansos y claros me contestó suave pero con contundencia:

-Esperaba que vos me lo dijeras.

Con algo de vergüenza quedé solo en el patio pero con la sensación de que me había quitado de encima una parva de preocupaciones y cuando creía que ya no tendría más explicaciones que dar apareció mamá.

-¿Miguelito –me interrogó descreída- puede ser que se hayan comido los 5 kilos de la lata del dulce de batata?

No recuerdo qué le contesté, pero sí sé lo que le contestaría hoy si tuviera ocasión:

-Y sí mamá ¡pero si es que era una sola lata!

 






miércoles, 12 de febrero de 2020

El cuento de Santibáñez


Por Miguel Garin

Como anticipé en mi nota anterior en el trayecto desde Ingeniero Jacobacci hasta Esquel, en viaje que hice en el Trochita, en junio de 1974, viajaban también dos personajes muy graciosos, Santibáñez y Mor. Eran de la zona y amigos de otras personas que iban en el tren. Además saludaban o eran saludados por conocidos suyos en las estaciones intermedias. 
Se los identificaba como “los viejos”, pero eran gente a los que todavía les faltaban años para la jubilación.
Santibáñez provocaba en el tren una y otra vez a Mor y este se hacía el que juntaba bronca. Al final comenzaba a pegarle por todo el cuerpo con el poncho enrollado. Entonces Santibáñez se achuchaba y gritaba ¡alto el fuego! O también ¡cuartel! Cuando la tunda de Mor seguía, Santibáñez suplicaba “clemencia” o “misericordia”, cualquier cosa que moderara el castigo. 
Veces había que una mirada de desprecio o de desafío de Santibáñez, provocaba la reacción de Mor. Y veces en que los roles se daban vuelta, entonces Mor pasaba a ser el que fustigaba y Santibáñez el que arremetía. En Esquel era conocidos porque a donde fueran llevaban con ellos estas escenas y pantomimas muy cómicas fingiendo peleas o divergencias desopilantes.
Cuando anocheció y ya no se podía mirar más el paisaje, comenzaron a pedirle a Santibáñez que contara un cuento, al parecer era buen cuentista. El pedido se reiteró varias veces pero él se hacía rogar.
Recién cuando estuvo seguro que había interés, que había expectativa en escucharlo, hizo un paneo con la vista mirando a todos y comenzó el relato.
He aquí lo más saliente de aquel cuento que escuché en noche tan lejana en el Trochita y que era mucho más largo que esto. Para poder contarlo he tenido que recurrir a palabras mías, pero el argumento es el original. La interpretación de Santibáñez fue muy buena. Verdad es que tenía bien ganada la fama.


EL GAUCHO “COMADREJA”


Voy a contar la historia del gaucho “Comadreja”, que era un gaucho atrevido, un gaucho mandinga, que vivía en una pobre chacra, allá, al pie de la montaña La Maroma, la más alta de todas. Tan alta es que nunca se le puede ver la cumbre, porque siempre está envuelta en brumas, nubes y neblinas y es así que se desconoce qué forma tiene arriba.
Este Comadreja había agarrado una maña muy fea: a la noche, de madrugada, sacaba sus animales, algunas vaquitas con sus terneros, algunas ovejas y los llevaba a comer pasto a las chacras vecinas, de esa forma, ahorraba el suyo. El muy ladino, para disimular, un día los llevaba a un vecino, al otro día a otro.
Entre los animales que llevaba estaba su yegua Campanita, que era el ser que más quería en el mundo entero. Era una yegua mala, el único que la podía montar era él mismo, cualquier otro que lo intentara terminaba en el suelo con un terrible porrazo porque la yegua empezaba a corcovear y hasta no conseguirlo no paraba. En otra oportunidad, pasando frente a la casa de un vecino le salieron los perros. La Campanita midió bien a uno de ellos, un perro ya viejo, y le tiró una patada que lo mató en el acto. Pero nada de eso le importaba mucho al dueño,  él la seguía queriendo.
La cosa es que una noche al entrar en campo ajeno, escuchó una potente voz que le llegó desde la oscuridad y que no hizo sino confirmar lo que se veía venir desde tiempo atrás:

-¡Date preso Comadreja!

Desde ahí fue directo al calabozo.
Luego de unos días de encierro llegó de recorrida el sacerdote y le propuso confesión. Pensó un momento y le pareció bueno que mientras se resolvía su asunto con la autoridad, se fueran saldando las cuentas con el Creador. Además, la confesión se hacía debajo de un árbol, en el patio del puesto policial y era una oportunidad para airearse. “Total que mas da – calculó - con una leve penitencia dejo arregladas estas cosas”. 
Lo atendió severo el sacerdote y cuando hubo terminado le dijo:

“Mirá Comadreja: tus pecados son muy graves porque vos, con tu maña, has dejado sin comida a los animalitos de los campos vecinos. No los puedo perdonar sino es con una penitencia fuerte, algo que te duela, para que no vuelvas a hacerlo nunca más. Te doy como penitencia que subas hasta la misma cumbre de la montaña La Maroma”
.
Escuchó perplejo el gaucho mandinga, la vaca se le había vuelto toro y esto era mucho más de lo esperado, se maldijo por haber aceptado la confesión. “Ah… si me hubiera quedado quieto en el calabozo –barruntaba - ahora no tendría este problema ¡subir a La Maroma nada menos!” Pero quedó calladito.
Ya en libertad una mañana bien temprano les dio de comer a sus animales y acometió la montaña. ¡Quién me manda a confesarme! pensaba a cada paso que daba. Caminó, trepó, escalo, llegó muy alto, muy alto y ese día se produjo un milagro, de golpe se disiparon las brumas, las nubes y neblinas y disfrutó de una vista inigualable. Desde allí miraba las praderas, las chacras, las casas ¡lo veía todo! Por ahí se le dio por mirar el cielo y lo que vio lo atrajo de modo irresistible: a través de una enorme rendija, podía ver el Cielo, ese sitio al que todo cristiano quiere llegar si ha vivido con virtud.
Desde la altura a la que había llegado, la rendija le quedaba al alcance de la mano, podía acceder. Se arrimó, se asomó y como nadie lo frenó, entró. 
Lo que veía era todo hermosura, jardines, colores, flores enormes. Escondido detrás de un árbol veía a los ángeles, a los arcángeles, a los santos, a las vírgenes y a otras divinidades….
Pero de tanto estar espiando lo vieron y un grupo de vírgenes se le vino al humo:

-¿Qué hacés acá le preguntaron. ¿Con permiso de quién entraste?

Comadreja contó su historia, había subido a La Maroma por una penitencia, vio la rendija en el Cielo y como nadie lo frenó, entró.
En eso se sumó un ángel muy alto, se ve que era el que mandaba, escuchó lo que decía y al cabo hizo una conferencia con las vírgenes, platicaron reunidos en círculo.
Como resultado una de ellas le dijo que siendo que desde lo alto se veía mejor la conducta de los hombres, que el esfuerzo que había hecho para subir la montaña era muy grande y teniendo en cuenta que era por una penitencia, le ofrecían quedarse en el Cielo.
Se le iluminó la cara porque la oferta era muy buena, pero al momento se acordó de su yegua Campanita y le preguntó si la podía traer.

-No,  vos sí pero ella no, fue la seca respuesta. 

“Tu yegua – continuo la virgen - ha corcoveado y golpeado a varios jinetes y además de una patada mato un perro, aún tiene mucho que aprender allá abajo, es mala y acá solo entran los buenos”.

Quedó pensando Comadreja y con fastidio decidió rechazar la propuesta. ¿Cómo dejar sola a la yegua? ¿Y cuando se le acabara la comida quién se ocuparía de ella? Así que comenzó a descender.
En el regreso cavilaba una y otra vez en lo que había visto. Hacía mucho frío y en un claro que encontró en la montaña, juntando unas ramas secas, hizo fuego para calentarse un poco.
El fuego suele ser seductor sobre las personas y contemplando las llamas es común que al hombre se le dilate el corazón y que a su alma le lleguen dulces reflexiones….
Pero como nuestro protagonista era un gaucho ladino, lejos de eso, el fuego lo llevó a una nueva treta: “ya está” pensó de golpe. “Lo que voy hacer - dijo sonriéndose - es ir a buscar la yegua y traerla y entrar al Cielo escondido, ¿quién me va a ver? ¡Es tan grande la rendija de entrada! 
Pensando y haciendo al mismo tiempo, apagó el fuego y a tranco largo descendió de la montaña.
Llegó a su pobre chacra y al día siguiente después de descansar bien y de darles de comer a sus animalitos, se despidió de ellos. A la yegua le puso un bozal y un cabestro y salió para la montaña llevándola de tiro.
Subieron muy alto, muy alto, pero no hallaron más que desconcierto; allí arriba era ahora todo distinto, es que esta vez no se disiparon las brumas, las nubes y las neblinas y no pudo Comadreja encontrar la enorme rendija de entrada, por lo que quedaron vagando eternamente por la cumbre de La Maroma sin poder entrar al Cielo.

El, por gaucho atrevido, por gaucho mandinga y ella por bellaca y mala.

Los Hijos Se Van


Por Miguel Garin

Cuando inicié aquel viaje a Esquel, el jueves 13 de junio 1974, hacía poco que había cumplido 20 años.

Sentía el impulso de despegar de casa, abrirme paso, caminar solo y una fuerte ilusión me afiebraba el ánimo: llegar hasta ese punto tan lejano del que solo tenía presente su propio nombre y su ubicación en el mapa, y hacerme del trabajo del que amigos míos, residentes allí desde un tiempo antes, me habían hablado.

¡Salir de casa! ¡Desasirme de ese mundo de cariños! ¡Desprenderme de amigos, de hábitos, de paisajes! ¿Cómo sería hacer todo eso?

Creía que la ausencia de mi pueblo  -25 de Mayo, provincia de Buenos Aires –  sería solo temporal y que siempre tendría oportunidades para volver a él cuando quisiera. No podía saberlo entonces (y tardé mucho en cerciorarme),  que aquel viaje era la primera puntada de un largo periplo y que en adelante, salvo un brevísimo período, ya no volvería a residir en mi ciudad natal.

Esquel se me presentaba como una cima dorada y a las dificultades, que fueron ciertas, que las hubo efectivamente, las miraba con alegres esperanzas.

El tren partió puntual a las 16:30 Hs desde la estación Constitución, en Buenos Aires.

Lentamente, casi a paso de hombre, la formación se puso en movimiento y en la medida que le fueron dando vía libre, con las luces en verde, la poderosa máquina de hierro avivó el paso.

Llevaba conmigo abundante material de lectura: el diario, la revista Corsa de la semana y un librito al que recurrí varias veces: “Demián”, de Hermann Hesse.

Eran los días más cortos del año y hacía mucho frío, pero en el interior del tren había buena calefacción. A Las Flores llegamos sobre las 18:30 y era ya de noche cerrada.

En el asiento de tres, viajaba con una elegante abuelita como única compañera, que iba a Olavarría. Del otro lado del pasillo un grupo de personas mayores, alemanes, lo hacían hasta Bariloche. Solo uno de ellos hablaba castellano.

Poco era lo que se podía ver por la ventanilla, así que esas primeras horas las pasé abstraído y pensando en el sentido que tenía para mí este viaje.

A las 23:30 llegamos a Olavarría. Allí bajó mi compañera de asiento y nadie ocupó su lugar de manera que me acomodé lo mejor que pude y dormí unas cuantas horas.

Una voz fuerte, proveniente de no sé dónde, que dijo “Bahía Blanca” me despertó. Eran las cinco de la mañana y el tren hacia una parada de media hora, tiempo suficiente para estirar un poco las piernas. Y de paso visitar la cafetería.

Pero el lugar donde mejor se estaba era en el interior del tren. Si bien no había coche comedor, la oferta de comida  era permanente.

El traqueteo y la monotonía del paisaje, actuaban como potente somnífero y a intervalos de tiempo,  dormía por espacio de una hora.

El tren llegó a Carmen de Patagones al medio día.

Permaneció detenido un largo rato hasta que se decidió a ponerse en marcha y cruzar el puente sobre el rio Negro. Era un día luminoso y el agua brillaba como cristales. Llegamos a Viedma y allí volvió a quedar detenido otro largo rato.

Hubo un importante recambio de pasajeros y en la capital rionegrina subió mucha gente. En mi vagón, del otro lado del pasillo se instaló una familia completa, matrimonio con chicos, en la cual la que llevaba la voz cantante era la abuela, doña Asunta.

Los nuevos compañeros de viaje subieron con diversas comidas que inmediatamente comenzaron a desplegar: milanesas frías, pollo frío, fiambres, bebidas, vino, frutas, galletitas, mate, café ¡una canasta llena! Yo mismo comencé a ligar algo de todos esos manjares, primero con timidez y después con descaro, porque Asunta era pródiga en el convidar….

Cuando llegamos a San Antonio Oeste ya estaba oscureciendo. Miré la hora, eran las 16:30 hs del viernes 14 de junio y yo llevaba 24 horas de viaje.

La locomotora, con afán incansable, seguía imperturbable su marcha por la extensa llanura patagónica, como si sus pulmones necesitaran siempre de vastos horizontes para respirar con expansión.

Allí también hacía mucho frío y cuando ya era de noche advertí que caía una fuerte nevada.

 Con la panza llena y con la buena calefacción, vino el sopor.

Resbalé hacia un sueño profundo y cuando desperté, en la estación de Valcheta, tenía frente a mí a un par de nuevos compañeros de viaje.

Eran un hombre mayor, con un niño de unos cuatro años. Deduje que era el abuelo. Nos presentamos, “Edmundo Salvatierra, a sus órdenes” me dijo. Vestía ropas de gaucho, humildes, limpias y prolijas. El niño era su hijo más pequeño y me enterneció como se trataban mutuamente. Le pedía mimos al padre y este no dejaba de hacérselos.

“Vivo en el campo - me informó - varias estaciones más adelante”, (que en aquellas distancias equivale a decir cientos de kilómetros). “Vine a dejar internada en el hospital a mi señora” “Le hubiera convenido quedar en Jacobacci, pero es que aquí en Valcheta tiene a sus hermanas y a su madre”. “Cuando baje aún tengo dos días de marcha a caballo para llegar hasta mi casa” “Vivimos solos en el campo, cuidando las ovejas, los hijos mayores se fueron al pueblo” “A este chiquito mío le doy todos los gustos porque sé que en cuanto crezca se irá a estudiar y ya no lo veré mas”. “En el pueblo quedará al cuidado de su hermana mayor” “Ahora está muy mimoso porque ya extraña a la mamá”.

Por el trato cariñoso que le daba, por sus palabras amorosas, parecía que toda la ternura y la bondad de la Patagonia habían encontrado en él, alojamiento.

Me habló de su cocina a leña, de cómo es necesario trabajar todos los días sin conocer un domingo o un feriado, de su casa que era de adobe y de cómo, a la larga, los padres quedan solos en el campo.

- “Los hijos se van”, remató con una triste sonrisa. Toda su historia me conmovió profundamente.

Siguió el viaje y casi sin darnos cuenta, los tres nos quedamos dormidos.

Se sucedieron las estaciones, pasamos por Ministro Ramos Mexía, Sierra Colorada, Los Menucos y cuando desperté comprobé con angustia que ya no estaban. “Bajaron en Maquinchao” me informó doña Asunta, al tiempo que me alcanzaba una tasa de caliente café, que tomé parado en el pasillo mientras miraba con desconsuelo la noche a través de la ventanilla. “Te vio tan dormido que no quiso  molestarte” agregó.  Quedé mudo y para siempre con las ganas de saludarlo, de decirle que todo en él me resultaba admirable y que le deseaba suerte a su señora. Quizá también le hubiera servido de algo un abrazo mío.

Alrededor de las 4:30 horas llegamos a Ingeniero Jacobacci, cuando en el interior del vagón  se escuchaban ronquidos de todo tipo.  Ahí debía yo bajar del tren, que seguía para Bariloche, y tomar el  Trochita, en viaje hacia Esquel.

Doña Asunta estaba despierta y quiso bajar para despedirme. 

Hubo que esperar un buen rato y aproximadamente a las 7:00 partió el nuevo tren. Mas chico, con una trocha de 0.75 m. creo recordar que llevaba cuatro vagones de pasajeros. Asientos de madera para dos personas y en el centro una enorme salamandra que la alimentaban los propios pasajeros, con leña o con carbón. En la parte superior la salamandra tenía una gruesa tapa de metal que sirvió durante todo el viaje para calentar las pavas de agua, porque en ningún momento dejó de circular el mate. En las estaciones solían proveernos de más leña.

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El paisaje era monumental, con montañas nevadas, con curvas, con pendientes que parecía que el trencito las subía a duras penas, con bajadas, con puentes, túneles y con muchas sorpresas, porque todo era permanentemente cambiante, por aquí a la derecha una pared a la que se le pasaba muy cerquita, mas allá un viejo puente de hierro, por allí a la izquierda un amplio valle que se abría a nuestros maravillados ojos….

Majestuosidad, inmensidad, belleza, mucha nieve, soledad, precariedad, incomunicación, nunca había visto y nunca volví a ver algo tan solitario como aquello.

Para más sorpresa vimos como el tren,  entre estaciones, detenía su marcha como si fuera un ómnibus,  para que una mamá joven, probablemente mapuche, subiera con su hijito

Entre los pasajeros viajábamos una mayoría que lo hacíamos por primera vez.

“La cordillera” o la “pre cordillera” y que para más precisión bien se podría decir “las pre cordilleras”, en plural, porque tan disímil es un lugar de otro, me hizo pensar que los argentinos vivimos en la ignorancia más absoluta respecto de lo que es la fisonomía,  el semblante,  de nuestra patria.

Por un largo rato, con luz de día, esas impresiones se trasladaron al interior  y adentro del vagón había silencio. Estábamos absortos con las vistas que teníamos. El momento era solemne.

Oscureció temprano. Miré la hora, eran  las 16,30 del sábado 15 de junio. Llevaba yo 48 horas de viaje….

Entre el pasaje viajaba también gente de la zona, conocedores, para quienes las maravillas que veíamos ya no eran novedad. Entre ellos estaban dos hombres, Santibáñez y Mor, de los que unos días después comencé a ser compañero de trabajo, que impidieron que nos aburriéramos, cuando ya era de noche. Pero de eso me voy a ocupar en otra nota.

Se sucedieron las estaciones, mi cansancio era enorme. De vez en cuando alguna curva cerrada nos obligaba a aferrarnos con fuerza, sacándonos del sopor.

Pasamos por Nahuel Pan, la última estación antes de la llegada, y cuando ya no lo esperaba, porque a esas alturas me daba la impresión de que mi vida entera transcurriría  en un viaje eterno, divisamos a lo lejos, hundidas en un valle, las luces de una ciudad.

-Es Esquel – dijeron los conocedores.




Pero aún faltaba el último esfuerzo, una larga, interminable, hora de viaje.

¡Llegamos por fin! Eran las 0:30 horas del domingo 16 de junio.

Desde que abordé el primer tren en Constitución fueron 56 horas de viaje, 36 de las cuales se hicieron durante las  noches.

En cuanto puse los pies en la estación me di cuenta de lo lejos que estaba de casa y se me hizo un nudo en la garganta.

¿Qué estarían haciendo a esas horas mamá, papá, mis hermanos? ¿Y mis amigos? ¿Por dónde andarían?

- “Los hijos se van”  me dijo Edmundo Salvatierra y yo era uno de esos.

El viaje fue casi extenuante, pero tuvo muchos momentos de belleza.

Los argentinos –volví a pensar- somos grandes ignorantes del semblante de nuestra patria.

Nunca había visto y nunca volví a ver lugares tan solitarios y tan propicios para pensar sobre lo alto y sobre lo bello.

Caminamos desde la estación hasta el centro de la ciudad. Estaba igual de lejos que la estación de la ciudad de 25 de Mayo.

El tamaño de Esquel, en esa primera impresión, me pareció algo mas chica que mi ciudad, en cambio su calle principal,  se me figuró muy parecida a la veinticinqueña calle 9.

Di enseguida con el humilde hotel donde dormiría esa noche. Lo distinto era el clima.  Hacía un frío siberiano.

Estaba todo blanco por la nevada y enseguida advertí que eso sí sería algo a lo que me tendría que acostumbrar, algo a lo que tendría que hacerme fuerte,  si de veras quería hacer realidad mis alegres esperanzas.

¡Qué viaje aquel!

 



miércoles, 19 de junio de 2019

JORGE CAFRUNE Y LA ZAMBA DE MI ESPERANZA



Por Miguel Garin




El 8 de agosto de 2008 hizo muchísimo calor en Málaga y yo estacioné en la Avenida de la Paloma, afortunadamente a la sombra, minutos antes de las 20 hs., cuando el inmisericorde sol aún estaba alto.
Debía hacer la última gestión del día y para no llegar anticipado preferí esperar en el auto, escuchando la radio y con el motor en marcha para aprovechar el aire acondicionado.
Llevaba ya largos años viviendo en España y me encontraba muy a gusto.
En el pasado me había costado muchísimo aceptar la idea de radicarme en otro país y a la decisión madre de marcharme le siguieron otras decisiones, como elegir ciudad,  averiguar previamente no se qué cantidad de cosas, alquilar piso, establecerme etc.  etc.
Como lo accesorio suele seguir la suerte de lo principal, junto con mi mudanza migraron hábitos y costumbres.
Pero comenzar de nuevo implicaba cambiar las cosas, había que pensar en una nueva forma de vida, por lo que decidí no leer los diarios argentinos, o al menos no leerlos todos los días, y no escuchar ni el Turismo de Carretera ni el folclore, no sea cosa –pensé- que por alguna de estas rendijas se me colara una copiosa nostalgia…..

Aquel día, estacionado en la Avenida de la Paloma, sintonizaba Cadena Ser con  el programa La Ventana, conducido por Gemma Nierga,  que a esa hora ya estaba finalizando.-
Fue entonces que le escuché decir:
“Hoy 8 de Agosto recordamos a Caetano Veloso, que en el día de ayer cumplió años” mientras como música de fondo paso un pedacito de “Garota de Ipanema”, la emblemática canción  de  Brasil.
Luego la conductora dijo:
“También hoy recordamos a Dustin Hoffman, en el día de su cumpleaños”, al tiempo que hizo una breve reseña de su filmografía, sin olvidar por supuesto a El Graduado, Tootsie y  Kramer vs. Kramer.
“Pero a quién hoy queremos recordar especialmente –prosiguió la conductora- es a alguien que tuvo muchísimo éxito en el inicio de la década del setenta en toda España”. En ese momento comencé a escuchar como música de fondo el punteo de  una guitarra que me resultó demasiado familiar…..”dejando en el oído de  nosotros melodías que hoy son universales” …..¿puede ser –dudé- que sea él? ¿estaré oyendo bien? ¿no sería como la propia zamba lo dice, “un sueño, sueño del alma”?, pero confirmando mi presunción  a continuación le oí decir a Gemma  me refiero a Jorge Cafrune y Zamba de mi Esperanza” y acto seguido la pasó completa, ya con el volumen aumentado, terminando de esa manera el programa del día.

¡Cafrune y la Zamba de mi Esperanza en Málaga!
¡En el programa La Ventana, el mas escuchado del país!

Hay que ver la importancia que una cosa sencilla como esta adquiere cuando se vive en el extranjero, tan lejos de casa.
Dos gruesas gotas me turbaron la vista y confieso que nunca, ni antes ni después, escuché con tanta unción esta canción.
Recibí  cada verso, cantado por nuestro querido Turco, como una caricia, “la caricia que fue envolviendo todo mi corazón”.
Y ahí nomás dispuse que cualesquiera fueran mis circunstancias futuras no volvería a imponerme una exigencia tan alta como la de no escuchar folclore por mas que en mi intimidad se agolparan todas las nostalgias juntas, que intérpretes y canciones hay que nos resultan imprescindibles, vitales,  porque “sin su canto no se vive mas”.

miércoles, 12 de junio de 2019

LO QUE VALE ES LA FIRMA



Por Miguel Garin

La Escuela Normal de 25 de Mayo no escapa a la regla general.
Es que en todas las escuelas hay parecidos y uno de ellos es la algarabía de los chicos en el acto escolar de fin de año, última obligación que abre las puertas a ese extenso período soñado que son las vacaciones de verano.
Días especiales, días que se fijaron con emoción, como impresos en tinta china en el blanco papel de la memoria.
Del que hoy me ocupo corresponde al año 1963.
Por aquel tiempo la expectativa que tenía yo era disfrutar de una estadía ininterrumpida en el campo, donde percibía más libres a los días.
Pleno de gente el Salón de Actos,  aún debimos esperar un buen rato para ganar, por fin, la calle: concluida la ceremonia, un aguacero, con corte de luz incluido, nos hizo permanecer en el interior de la Escuela tanto a alumnos como a  padres y docentes,  hasta ya entrada la noche.

Pero previamente había sido  mamá la que me entusiasmó para dejar registro de lo que era cada fin de año escolar, haciendo firmar en un álbum,  a la maestra de grado y a los compañeros de clase. Así lo hice en casi todos los años de la primaria y secundaria.
En los primeros tiempos el álbum pasó y quedó allá lejos, en los confines, sin embargo  posteriormente se fue acercando, tímidamente,  y hoy tiene un significado muy distinto para mí.

He aquí aquellas firmas de compañeros del curso de tercer grado, en la Escuela Normal y que pertenecen a:

Lilia S. Aguirrebengoa, Elsa B. Galdara, Graciela Groppo, Atilio Oscar Jousset, Gloria Camarano, Mirta Susana Bontempo, Miguel Angel Missotti, José Mario Del Papa, Omar Livi, Ana María Capobianco, Tonda, Stella Maris Grisotto, Nilda Iacopini, Luis Alberto Copello, Ricardo Oscar Sánchez, Roberto M. Fantini, Carlos Enrique Gómez, Pedro Luis Gonzalez, Estela Z. Conti, María Cristina Inchausti, Susana B. Potente, Héctor Mario Dotta, Lidia Ferreyra, Jorge Sciorra, Horacio F. Mússari y Ana María Picone.

Hay entre las firmas una  irreconocible, ¿alguien podrá decir  quién es el autor?
Está también la dedicatoria y la firma de quién fue maestra. Verdad es que también resulta ilegible, aunque apelando a la memoria, podría decir, que es de Amanda Bigliardi de Jousset. Si hay quién disponga de una mayor precisión y  considera que no es así, bienvenido sea si me saca del error.

Fechado “En 25 de Mayo, noviembre / 963”








viernes, 12 de abril de 2019

PICNIC, BAILE Y CUADRERAS


Por Miguel Garin.

Ya la cosecha del trigo había terminado en La Colonia y aquel ruido de las máquinas,   una por aquí otra por allá, que en conjunto parecían un rumor de  bonanza,   había acallado y en su lugar dominaba  el silencio en las chacras en los meses de verano.

- “Buen momento - pensó el presidente de la Comisión Vecinal (y Director de la escuela) - para realizar el picnic de verano”  y uniendo pensamiento y acción se puso a trabajar.

La Colonia,  compuesta por  chacareros hijos de  italianos, de vascos y de andaluces organizaba todos los años diversas actividades, bailes, encuentros de música, incluso obras de teatro o el picnic en los montes de la estación de trenes.

Parecía mentira que aquella población diminuta y heterogénea convocara a tanta gente. Así se venía haciendo y se seguía con la tradición, por razón de que cada generación debía comportarse como sus antepasados.

De esa manera se  había podido fundar el Club Social y Deportivo y hacer el gran salón con destino a celebraciones, bailes y actos escolares en los meses de invierno.

Para este año además del consabido baile en el picnic, se pensó que como una forma de volverlo más atrayente,  se le podía agregar carreras de caballos, carreras “cuadreras”.

Poco a poco las cosas comenzaron  a tomar forma.

Para cubrir formalidad se le cursó nota al Jefe de Estación pidiéndole el uso del monte y una tarde un grupo de chacareros vecinos se presentaron, pala ancha en mano,  para acondicionar el lugar.

Aquí la cantina,  allí la pista de baile al lado de la cual se instalaría el acoplado sin barandas que haría de escenario, allá a lo lejos los “baños”.

Las compras de bebidas que se hicieron  quedaron al resguardo en un vagón estacionado en la estación;  afiches de propaganda se pegaron en la ciudad y parajes aledaños, se consiguió una nota en el diario, se organizaron los sorteos,  la elaboración de pasteles y empanadas y fue contratada la orquesta.

Ceferino Luna y Patricio Almirón se tenían encono desde tiempo atrás.

Lo de La Morocha vino a complicar las cosas pero la bronca era pre existente, vaya a saber porqué.

Ambos estaban en la estancia El Campamento; Ceferino como peón mensual y Patricio como domador. Al mayordomo,  don Víctor Améndola,  le resultaba más fácil entenderse con el primero.

Por su parte La Morocha era impresionante, esbelta, piernas largas, con temperamento, con gracia en el andar y con unos bellos ojos renegridos que la volvían única. Qué distinción tenía.

Tanto uno como otro se la disputaron durante un tiempo y el que ganó fue Ceferino.

En realidad (cosas del querer) fue ella  con sus gracias, con sus mohines y simpatías la que eligió. Prefirió las sutilezas de Ceferino  a la ruda tosquedad de Patricio a quién a  partir de ahí se le fijaron en la mirada una líneas de inevitable envidia.

-Si el picnic se confirma, pensó ansioso Ceferino, será la primera oportunidad que tendré de lucirme con La Morocha.





Y por fin llegó el día tan esperado. El predio lucía alegre, con banderines y guirnaldas para recibir a mucha gente, en automóviles, camionetas, camiones, sulkys, a caballo, la cantidad de asistentes que llegó aseguró el éxito.

Preparativos para comer debajo de los árboles, algunos poniendo la parrilla en el suelo y prendiendo el fuego, otros con milanesas o pollos fríos, todo en abundantes cantidades.

Al mediodía el presidente de la Comisión Vecinal subió al “escenario” para una breve alocución: palabras de bienvenida y deseos de feliz estadía a los presentes, de agradecimiento a los colaboradores voluntarios “del vasto teatro  de La Colonia” y un recuerdo  a algunos de sus miembros   -dijo compungido- que no alcanzaron a ver el fruto de sus esfuerzos.

La pista de baile era el lugar mejor aplanado, había sido carpido y regado.

Aún no se había terminado de almorzar cuando arrancó la orquesta con un clásico valsecito criollo, “Desde el Alma”,  y como había muchas ganas de bailar en breve la pista se vio poblada de parejas.

De tanto en tanto la orquesta hacía un intermedio, era el momento oportuno para “apagar” la polvareda con regaderas. Cuando retomó lo hizo con una reconocida ranchera, “Las Margaritas”,  y en un santiamén volvió la pista a llenarse de parejas. Después vinieron las cumbias, pero en general se bailó con ritmos que no permitían que las parejas se pusieran mimosas.

Al borde las familias se instalaron con mesas y sillas, sobre todo para proteger a las señoritas, que  lucían su primor con todo tipo de arreglos, pero siempre custodiadas por papá, mama o la abuela.

En vez los muchachos  estaban de pie y desde afuera cabeceaban.

En un nuevo intermedio, volvieron las regaderas y cuando reinició la orquesta, enriquecida con la participación de un trompetista, lo hizo con un vibrante pasodoble, “El Gato Montés”, que no dejó a nadie sentado en las sillas.

La Morocha permaneció un tanto alejada,  pero su donaire no pasó desapercibido y disimuladamente o no fueron muchos los hombres que se dieron una vueltita para verla.

A Ceferino los movimientos inocentes de ella, ese atractivo que le brotaba naturalmente,  no hacían sino embeberle de cariño su corazón apasionado.

Al domador Patricio en cambio, la tarde le transcurría amarga;  acostumbrado a   dominar al peligro con sangre fría, habituado a tratar primero con buenas maneras pero a imponerse por la fuerza si fuera necesario,   para salirse siempre con la suya, se veía ahora en una situación que no controlaba.

 Después de semanas de duro trabajo de campo el picnic era la oportunidad para los chacareros de conocer gente que venía desde  la ciudad o de otros lugares;  era también la ocasión  para hacer sociedad,  para encontrarse entre vecinos y conversar de aquellas cosas que tanto les gustaba; de los hijos, de los nietos, de las ilusiones, de las cosechas,  de la vida….

En un rincón,  el mayordomo don Víctor,  afligido,  hablaba con el Jefe de Estación:

- Siempre estoy con el ojo largo controlándolos - le decía. - En la Estancia me aseguro que estén uno lejos del otro. Hasta no hace mucho,  tanto Patricio como Ceferino  tenían  la costumbre de ir a todas partes con el cuchillo en la cintura. Hasta que un día se los prohibí. Lo único que me alienta es que individualmente los dos son nobles.

Pasadas las seis de la tarde se anunció el comienzo de las carreras de caballos.  

Para verlas todo el mundo se instaló contra el alambrado.  La pista de baile se vació.

Serían en total cuatro carreras, pero la última,  la yegua contra el caballo era la que concitaba la mayor atención.

Juez de Raya fue designado don Ramiro Ramírez, toda una garantía.  

Con sombras profundas en el monte, la carrera final era el último acto del picnic. 





Se correría a trescientos metros.  Las apuestas hechas mano a mano volaban.

Ceferino se quitó la boina, la guardó en un bolsillo de la bombacha y se ató bien los cordones de sus alpargatas.

En medio de gran expectativa largaron.  La yegua, vivaz,  movió rápido pero el caballo era también muy fuerte.

Al principio había  silencio,  solo se escuchaba el tropel de los dos participantes.

El veedor de los cien metros  la vio una cabeza adelante.

Los  contendientes con todo el vigor de la voluntad desplegado en enormes zancadas y  haciendo  el máximo esfuerzo. La gente tomaba partido por uno u otro.

El veedor de los doscientos metros consigno la yegua adelante por algo más de una cabeza.

Arreció el griterío del público. La carrera pasaba  como un soplo,  “te ganaré / no me ganarás”  parecían decirse mutuamente,  aún quedaba el último tirón.

También Patricio Almirón miraba embelesado la magnífica carrera. Detrás de su hosquedad, de su aparente frialdad, encerraba un profundo amor a los caballos.

Vio defraudadas sus esperanzas cuando el mayordomo don Víctor Améndola, terminó  por confiarle  la yegua de la estancia a su rival,  Ceferino Luna.

Al cruzar la raya de llegada don Ramiro no tuvo dudas, La Morocha le ganó al caballo Vendaval por el pescuezo completo.

Volviendo,  Ceferino irradiaba alegría y le daba palmaditas de felicitación a la amada yegua, que parecía corresponderle a ese jinete que tan bien la comprendía con gestos altivos, la cabeza en alto y la cola levantada.

Muchos fueron los que se le acercaron para felicitarlo, entre ellos el propio Patricio. La envidia que alguna vez sintió daba paso a un gran reconocimiento. Le tendió la mano franca que fue bien atendida y ambos se sorprendieron riendo y diciendo al unísono:

-La Morocha.... ¡Qué yegua!

 



TRIANGULO DEL OESTE DE 1966