viernes, 25 de febrero de 2022

LA VIDA EN LOS CORRALES (Cuento)

 Por Miguel Garin  -  Dedicado a Alejandro Unanue 

Parado en la tranquera grande de ingreso a los corrales de los remates feria, con porte de mando, El Corralero hace un gesto con el mentón hacia adelante y da la orden a los primeros reseros:

-Ustedes, adentro.

Así es como entra el primer lote de hacienda vacuna para ser clasificada y encerrada. Son unas veinte vacas gordas que remite el establecimiento La Luz. Los reseros han echado un día de viaje.

El Corralero es un personaje duro. Tiene la voz y el vigor de quién está acostumbrado a mandar gente. Muy conocedor de su trabajo, hasta los animales le obedecen y tienen con él un comportamiento dócil. También es noble y en el pueblo de San Gabriel no hay quién no lo conozca.

-Ahora ustedes,  dice con idéntico gesto imperativo del mentón.

Entre los reseros que traen esta segunda tropa hay un chico de 16 años llamado Anselmo Bustos. Ya tiene fama de buen jinete y está atento a que no se desvíe ninguno de los animales.

-Primero hacemos ingresar a todas las tropas –dice enérgico El Corralero- para liberar la calle, después ingresan los camiones.

Los camiones jaula, transportadores de hacienda,  esperan en fila india, en la calle. Desde hace una década el empleo de camiones se ha ido extendiendo. Claro que está relacionado con el estado de los caminos, si están en buenas condiciones, cada vez más se los contrata para hacer el traslado de las tropas de animales.

Es la víspera de un remate y gran parte de la tarde se va en esta tarea de encerrar los animales, un verdadero alboroto de vacunos, de reseros, de tropillas y cencerros.

Después es el turno de los camiones que uno a uno van atracando a los cargadores y derraman su carga de gordos, de vacas y vaquillonas.

Los peones de a caballo hacen el arreo hasta los corrales que los que organizan el remate les indican.

El Corralero, que está atento a todo, que no pierde detalle alguno,  se ha quedado con la imagen de ese chico, Anselmo; piensa en quién es, en su situación y en lo útil que puede ser.  Y sin esperar más lo habla.

-Anselmo, veo que tenés rapidez, movimientos ágiles y que estás muy atento. Tu padre era igual. También veo que tenés un caballo muy bueno ¿querés trabajar apartando los días de feria?

Y Anselmo, que por primera vez lo llaman por su nombre, que no le dicen ni gauchito ni guacho, ni lo desprecian ni lo compadecen, como si la falta de padre fuera un descrédito, acepta la oferta. “Bueno para el lazo” se escucha decir. “Y hasta para subir un potro” dice otro.

-El Corralero piensa “hijo e´tigre” y disimuladamente sonríe satisfecho; acaba de unir lo necesario con lo benigno.

-Primero éramos los reseros solos los que veníamos a los remates trayendo hacienda desde los campos de la zona –recuerda Anselmo-  después estuvimos un tiempo junto con los camioneros y al final, quedaron los camioneros solos, ya era raro de ver la hacienda traída a pie, una minoría.

-De muy jovencito yo andaba reseriando. Nací y me crié en el pueblo de Coronel Aizaga, pero venía seguido a San Gabriel. Era medio travieso y también domador, me le animaba a cualquiera. Ya estaba el bar La Feria en frente de los corrales y ya tenía mala fama también;  vuelta a vuelta había peleas, se jugaba por plata, taba, baraja y otras cosas peores todavía.

El representante de la Comercial Ganadera era don Saturnino Udaeta, una garantía de persona. Fue la casa más famosa de la zona por mucho tiempo,  pero también remataba la Cooperativa.

En el pueblo de San Gabriel los remates feria se hicieron muchos años en el campo municipal, donde ahora está la Escuela Normal. Por entonces quedaba lejos del centro, hoy está prácticamente al lado. Pero había muchas quejas.

Después, en 1958, se compró un campo en las afueras del pueblo, un lugar mucho más lógico, pensando en el ordenamiento de la actividad. Se hicieron los corrales, se puso la balanza, el galpón y los cargadores de hacienda para los camiones jaula.

-Como le dije andaba de reserito y la verdá es que me gustaba ver el campo abierto, el campo abierto hasta el horizonte. Pero un día cuando llegué aquí don Mariano Sandovares, a quién todo el pueblo conocía como El Corralero, me propuso entrar pa´ trabajar en los corrales los días de feria.

Tenía un caballo que era un lujo pa´ apartar. Muy entendido. Con las riendas le marcaba un animal y ahí iba solito, sin atropellar, solo pechando,  porque adentro de los corrales no hay que golpear  los animales. Más adelante el mismo Corralero me enseñó la balanza y por ahí fue que quedé definitivo. Estuve en la casa aprendiendo y haciendo de todo una punta de años, hasta que me jubilé. Y a usté que me lo pregunta le contesto que cuando ingresé, la hija del Corralero, Encarnación,  ya era muy buena estudiante. Yo le enseñé a andar a caballo. Un día me preguntó ¿y vos Anselmo no estudiás? ¡Cómo pa´ estudiar estaba yo con la pobreza que traía!

-Si usté quiere saber más de mi le cuento que mi suegro, don Clemente Alsina me desconfiaba. Es que me había visto en La Feria y le caí mal. Me la negaba a Zunilda. La había conocido en un baile, cuando ella salió a bailar con mi hermano Luis y yo se la pedí “por un ratito”. ¡Todavía la tengo!

-Como don Clemente me ponía mala cara una noche con Zunilda nos subimos al tren de las diez y nos fuimos a Bahía Blanca. Allí había Registro. Don Clemente me denunció. Una estanciera con tres milicos armados hasta los dientes me buscaba pero cuando me encontraron ya estábamos legalizaos, ya teníamos la Libreta de Casamiento. Fíjese usté como el destino empieza a tejer su tela.

-Cuando tenía algunos años de conocer el trabajo, empecé a salir a los campos de la zona pa´ “juntar la hacienda” como se decía. Eso unos días antes del remate. A mí me tocaba en un yip que era durísimo de suspensión, con él andaba por los barriales. Don Manuel Rajado salía en el Citroen. En el trabajo de convencerlos de que nos entreguen animales, terminábamos teniendo amistad con chacareros y estancieros. Es que sin amistad no se puede ser feliz.

En la tarde anterior al remate empezaba el bochinche de camiones jaula, de reseros con sus tropas, de tropillas y cencerros que se hacían oír en la tranquilidad del  pueblo.

-¿Cómo le va don Fermín? Le pregunté a uno de aquellos reseros, un hombre muy mayor,  que lo conocía de antes.

-Bien, pero con cada tranco del caballo –me contestó- estoy más lejos de la casa….

Una vez que entregaban la hacienda toda esta gente quedaba pueblereando. Se llenaba la fonda,  la pensión, el Ostende, el Hispano Argentino y casas de particulares.

-Qué con tanto elemento forastero que venía –continúa contando don Anselmo Bustos- es un milagro que no nos hayamos reproducido como conejos. Igual son muchas las familias que se formaron con aquellas visitas.

-Para el aparte y clasificación estábamos El Corralero, don Manuel y yo. En este corral los terneros pa´ invernada. Mas allá los mamones, los novillos. La vaca flaca de conserva, la gorda, la vacía, la vaca vieja, las vaquillonas, todo, todo se vendía.

El remate comenzaba a la mañana y se interrumpía para el asado del mediodía, que se hacía para matar el hambre y para entrar en confianza y animarse a los negocios.  Se servía en el galpón. Entonces vendedores, compradores, encargados, peones de a caballo, reseros, escribientes, camioneros y algún domador que aprovechaba para amansar el chúcaro, compartían la mesa con algarabía. Era un encuentro donde la gente aprovechaba a saludarse y conversar. El que más o el que menos, todos buscaban vestir de la mejor manera posible, con las botas limpias y lustradas. En los campos de al lado de la feria, de la estancia Las Hortensias, nunca faltaban 4 o 5 avionetas de compradores que venían de lejos. El remate le daba vida al pueblo. Le daba movimiento.

El martillero era el propio don Saturnino Udaeta y para descansar la garganta subía don Manuel.

Don Saturnino fue el hombre más importante que ha dado el pueblo. Rematando era el centro de todo. Imponente, buena voz, bien vestido, dominaba el ambiente con la vista. Conocía a productores y compradores. Sabía lo que cada uno necesitaba. Para él la fecha del remate era sagrada, no había feriado que valiera. Ni carnavales ni nada, sólo algún temporal.

-Tenía autoridá  -dice ahora Anselmo-  conocía a revoleadores, a placeros a revendedores, a carniceros de la zona. A los que venían de zonas de cría o zonas de invernada. Cuando bajaba el martillo buscaba con la mirada al comprador y al vendedor para asegurarse que habían quedado conformes.

-Si, si, ya se veía que iba a llegar lejos, era muy estudiosa. Cuando se recibió de maestra pensamos que se quedaría aquí, pero no, quiso la facultá y a los pocos años se recibió de médica. Fíjese otra vez cómo el destino va armando las cosas.

Con ese ritmo de trabajo la Comercial Ganadera anduvo muchos años. Se terminaba un remate y ya se estaba pensando en el siguiente. Hasta que un día don Saturnino, que también él había comenzado muy joven, se enfermó.

La Escuela Normal, la luz eléctrica para el pueblo, el Jardín de Infantes, el Cuartel de Bomberos Voluntarios fueron obras de él (aunque le gustaba decir “de mi equipo”) cuando fue Delegado Municipal. La noticia de la enfermedad preocupó  a la gente.

Cuando falleció hubo congoja y vacío.

Quedó al frente de la casa,  don Manuel Rajado. No era lo mismo,  pero también era un hombre muy capaz. Claro que le tocó otra época, ya los remates feria estaban resfriando.

-Al Corralero lo mandó llamar Encarnación cuando enviudó –continua don Anselmo-. Estaba jubilado y aquí no se ayaba sin ir a los corrales, no sabía qué cosas hacer, se aburría o se ponía triste.  Se fue con ella y vienen de tanto en tanto.

Cuando Encarnación se recibió de médica fue una alegría pal pueblo porque pensamos que vendría a atender. Pero ella estaba pa´ cosas mayores. Se quedó en Buenos Aires y un día vino a despedirse. No era la muchachita de poca gracia de años anteriores, se había vuelto una mujer hermosa. La despedida fue triste. Se fue a vivir a Estados Unidos. Después tuvimos noticias de ella por los diarios o por la televisión, siempre recordando a su pueblo. Me emociona que habiendo llegado tan alto, que dedicándose a….a…. ¿Cómo dijo que se llama lo que se dedicó?

-Al estudio de la fisiología.

-A eso, que estando tan arriba se acuerde de nosotros, que nos mande tarjetas de fin de año, que nos nombre, que al fin de cuentas éramos simples peones de a caballo en la feria. Mire usté cómo el destino poco a poco va completando su obra.

-Ahora salgo a caminar todos los días y llego hasta los corrales.

El antiguo bar La Feria, de tan mala fama antes, es hoy un bar de categoría, el mejor del pueblo. Las cosas que se cuentan sirven pa´ hacerle más grande la fama.

Me parece escuchar las voces de tanta gente que pasó por aquí, lo mismo que el tropel de los animales, los motores de los camiones maniobrando en los cargadores.

Ahí en ese banco creo verlo a Ignacio Franco, el día que don Saturnino le encajó casi de prepo un lote de 100 vaquillonas. Sabía que las necesitaba.

-Ignacio no te asustes  -le mandó decir por lo bajo- que las pagás como puedas. Claro que Ignacio era hombre de palabra.

-No le niego mi amigo que el silencio y los yuyales de los corrales me traen melancolía, pero para eso hago ejercicios.  Si todavía me quedan algunas penas, con lágrimas las hago salir. O converso con mi señora Zunilda, que mas suerte no pude tener con la mujer que me tocó. Se encargó de los chicos, los acompañó a la escuela hasta el final. Y hoy me acompaña a mí. En cambio yo….Yo me pasé la vida en los corrales.

-Tantas cosas vividas. Empecé siendo el más joven de la feria y ahora soy el único que queda para contarlas. De don Saturnino ahora mismo recuerdo dos: la primera cuando decía que para él era más importante saber que la gente se había ido satisfecha del remate que el resultado económico. Y la segunda, cuando dijo que si no fuera por los remates,  el pueblo de San Gabriel estaría “más muerto que pavo en navidad”.

-No sé si exageró, pero por ái por ái cantaba Garay.

lunes, 20 de diciembre de 2021

EL TIO FRITZ POR LA BANQUINA

 Por Miguel Garin.         

Con mi amigo Juan Manuel Paramio fuimos a ver numerosas carreras de autos, deporte que nos apasionó por igual y que nos hermanó en sentimientos.

Estuvimos en los Autódromos de Buenos Aires, de 9 de Julio, de Las Flores, en las Vueltas de Salto, de Tandil, fuimos a ver la Formula 1, las fórmulas argentinas, el Turismo Nacional y por supuesto, en el Turismo de Carretera.

A través de Juan Manuel incorporé a otros amigos con la misma pasión. Por ejemplo Juan era muy amigo de Quique Di Salvo y como con él también tuve empatía, al poco andar fui amigo de Quique.

Por ese mismo camino Juan Manuel incorporó amigos a través mío, como es el caso de los hermanos José María y Raúl Bovino.

La cosa funcionaba por similitud de pasión y para hacerlo más explícito nada mejor que recurrir a la propiedad transitiva de la igualdad: si A es igual a B y B es igual a C, A es igual a C.

En aquella comunidad estaban Poroto Cháspar, Jorge Fracchia, Juan Carlos Repetto, Pablo Cárcano, Mario y Ricardo Paramio, Marcelo Recalt, Poro Daglio, entre otros muchos.

A la ciudad de 25 de Mayo llegó primero la categoría Turismo Mejorado, eso fue en los años 1965, 66, 67 y 1971. Nos visitaron pilotos fabulosos, como es el caso de Eduardo Copello, Héctor Luis Gradassi, Rogelio Scaramella, Danilo Bonamicci, Eduardo Rodríguez Canedo, Paco Mayorga y un larguísimo etcétera,

Y en nuestra ciudad contábamos con otro que era tan grande como cualquiera de los nombrados, Emilio Parisi de quién voy a decir que no me alcanzan las palabras para expresar las alegrías que nos dio, como tampoco para agregar cuánto lo admirábamos y hasta qué punto estábamos pendientes de él.

Unos años después comenzó a llegar el Turismo de Carretera. Ahí además de Parisi lo tuvimos de representante  –que lo compartíamos con nuestros vecinos de Carlos Casares-  a Héctor Moro, otro piloto de lujo.

Dada la ubicación geográfica de nuestra ciudad,  centro de la provincia, con una constelación de ciudades vecinas y con un circuito semipermanente de 15 kilómetros de extensión, el TC no dejó de visitarnos por muchos años.

Cada vez que se disputaba una prueba en nuestra tierra, literalmente la ciudad enloquecía y junto con ella, Juan Manuel y yo.

Tanta era la gente que venía, que en las noches del viernes y el sábado anteriores a la carrera no era fácil encontrar un sitio en bares, cafeterías, restaurantes, parrillas, boliches bailables, hoteles, pensiones y aún en casas de familia, porque eran muchos los que sobrándoles una habitación con 2 o3 camitas, se anotaban en el Auto Club para alojar turistas.

También había una actividad inusual en las agencias de venta de automóviles y en los talleres mecánicos. En la Agencia Ford se instalaba el equipo oficial de la marca, primero con Carlos Pairetti y luego con Gradassi, Estéfano, los hermanos Ricardo y Juan Carlos Iglesias y posteriormente con la incorporación de Traverso y Recalde.

En el taller de Emilio Parisi, el campeón vigente Luis Di Palma ¡con Oreste Berta!

En la agencia Capillitas de Pissaco, Gastón Perkins y Cacho Franco, posteriormente Carlos y Rody Marincovich y Gustavo Duran. En el taller de Mario Oudín, 10 y 31, el equipo de los hermanos José, Alfredo y  Juan Carlos Manzano, En el taller de Amitrano, 30 entre 11 y 12,  el equipó oficial Dodge, con Bordeu y Loeffel…..

Corredores, mecánicos, preparadores, periodistas, publicistas, auspiciantes, relatores a los que solo se los conocía por las revistas, por los diarios o por las radios, era común verlos caminando por nuestras calles. La televisión aún no trasmitía las carreras, para eso faltaban muchos años. Entre tantas figuras extraordinarias sobresalían las glorias de nuestro automovilismo, como era el caso de Oscar Gálvez y  alguna vez, de José Froilán González.

El día previo a la carrera había momentos imperdibles si se quería tomar contacto con los corredores, mantener con ellos una conversación o aunque más no fuera poder verlos o  escucharlos.

Uno de esos lugares era el Auto Club, convertido ya desde el día viernes en una especie de templo del automovilismo, colmado de feligresía, al que iban todos los pilotos. Allí se recepcionaban las inscripciones. Otro momento singular era el pesaje de los autos, cosa que se hacía en la balanza de Cancer, calles 27 y 3. También, todos debían pasar por ahí. Y por último la entrega de los autos a Parque Cerrado, a la tardecita, cosa que se hacía en la agencia Fiat, Rural Motor,  9 y 33, que era donde permanecían los autos de carrera, ya sellados, durante la noche previa.

Pero había además otra cosa que sucedía los días sábado y que eran las pruebas de los autos de carrera, que se hacían en las rutas aledañas a la ciudad.

Con Juan Manuel en la mañana temprano del sábado nos enteramos que sobre la ruta 51, camino a Saladillo, estaban probando diversos competidores.

Hasta allí fuimos y efectivamente,  después de la unión de las rutas 51 y 46, encontramos primero al equipo Dodge con sus autos y camión en la banquina y unos kilómetros más adelante, el camión del equipo Ford con  los autos de carrera,  con sus pilotos y unos cuantos curiosos como nosotros. Todos probando que los trabajos hechos en sus propios talleres rindieran sus frutos; potencia de motor, aceleración, carburación, asentado de cubiertas y de frenos….

Estando parado en la banquina al borde del asfalto, presté atención a un camión de hacienda que acercándose viajaba en dirección a Saladillo. Y que una camioneta Ford lo superaba a unos doscientos metros de donde nos encontrábamos.

En eso veo irrumpir a una de las cupé Dodge –la de Loeffel- por la banquina superando en un solo movimiento a ambos vehículos a una velocidad tremenda. Tengo la imagen del aquel auto sacudiéndose en la tierra, brincando, levantando mucho barro y haciendo una brusca maniobra para volver a la cinta de asfalto, al que subió completamente cruzado y apuntándonos a nosotros.

También recuerdo escuchar a los del equipo Ford gritar ¡cuidado, cuidado!

Loeffel pasó a toda velocidad sin haber levantado el acelerador en ningún momento. Encima  como si no sucediera nada,  sin casco, sonriendo y saludándonos con una mano. Qué fresco el tipo.

Todos tardaron unos segundos en recuperarse del susto. El uno decía “yo me escondí detrás del camión”, el otro “yo me tiré cuerpo a tierra”  otro más que se había internado en la zanja. Juan Manuel se había parapetado detrás del auto de Gradassi.

Nada hice yo.  No atiné a nada. Presa del pánico, quedé tieso como si me hubiera tragado un poste entero de quebracho.

Unos minutos después comencé a sentir cómo me latía de fuerte y de rápido el corazón. Juan Manuel me preguntaba ¿qué te pasa? Pero no podía oír lo que me decía. Temblaba; quería decirle “llevame a casa” pero me costaba hablar. Finalmente me llevó a casa y le contó a mamá lo que nos había sucedido.

Un rato después el corazón me seguía latiendo con frenesí, no lograba reponerme, la imagen de la cupé viniendo encima de nosotros era aún muy fuerte.

-Vamos a verlo a Enrique  -me dijo mamá-. Enrique era Herraiz, médico de la familia, vecino y amigo, pero hete aquí que no estaba.

Fuimos entonces al doctor Cicala, me tomó la presión, me ausculto el pecho, miró el reloj para controlar las pulsaciones y me dio una pastillita para disolverla debajo de la lengua. Además me dejó en la camilla por espacio de media hora, mientras seguía hablando con mis padres.

-A vos lo que te sucedió  es que te pegaste un flor de susto,  no te preocupes por el corazón que está bien, diagnosticó.

Y así fue como terminó para mí aquella mañana de sábado de Turismo de Carretera en 25 de Mayo.

Después del almuerzo Juan Manuel me vino a buscar y otra vez estuvimos en la ruta mirando los autos de carrera.

Loeffel tenía varios apodos, “El Rengo”, “El pata e’ palo” “El Alemán” y “El Tío Fritz”  que es el que elegí para encabezar este recuerdo.

Terminó siendo el ganador de la carrera, por desclasificación de los cuatro primeros, el 14 de mayo de 1972.

Fue la última carrera en que triunfó aquel piloto gigante, poseedor de una audacia endiablada, que una década antes había sufrido un accidente en una carrera,  con lo que se ganó la amputación de su pierna izquierda. Luego sorprendió a la afición  sobreponiéndose a dictámenes médicos que le impedían correr.

Y como si todo eso fuera poco,  aún tuvo tiempo de vencer diez veces en el Turismo de Carretera.

-¡Madre mía qué susto que me dio!

 

 



 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

ARMANDO PAZ Y MIS VACACIONES DE INVIERNO:

 Por Miguel Garin

Aquellas fueron mis mejores vacaciones de invierno.

En 1965, cuando  yo contaba con  once años de edad,  recibí una propuesta de mis padres: podría elegir entre viajar con ellos a Mar del Plata en las dos semanas o quedarme en nuestra chacra, ubicada en el camino a la estación ferroviaria de Ortiz de Rozas, en el partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, en compañía de Armando Paz, peón y hombre muy querido por la familia.

En Mar del Plata estaba mi hermanita Maite desde varios meses atrás reponiéndose de una enfermedad y mis padres decidieron ir a visitarla, con mis otras hermanas, para que la pequeña de solo cuatro años recuperara contacto con la familia.

A mí la posibilidad de quedarme solo de familia, me pareció todo un mundo desconocido, un mundo ancho de libertad,  y en medio de un arrebato de entusiasmo decidí aceptar la segunda propuesta, porque entendí que en ese precioso espacio de tiempo, tendría el poder de hacer lo que yo quisiera.

Por aquellos años los padres no tenían miedo de dejar solos a sus hijos. En la sociedad de hoy, con los peligros existentes, sin la apacible inocencia de la época, sin la vida relajada de antes en el campo, sería imposible un caso como este.

Armando Paz a la sazón rayaba los 35 años de edad y fue un excelente compañero.

Era un hombre extraordinariamente tímido y de carácter blando como una paloma.

Si al final del día, luego de haber compartido horas de trabajo, de haber tomado mates, de haber intercambiado conversaciones,  lograba vencer en  algo la timidez, a la mañana siguiente la encontraba renovada y todo tenía que comenzar de nuevo.

Conmigo siempre estaba predispuesto a hacerme toda clase de gustos y de enseñarme lo que estuviera a su alcance.

Yo lo trataba con excesiva confianza, con desparpajo, propia de chico malcriado, al que cualquier capricho por absurdo que fuera, debía atendérsele;  claro que cuidándome muy bien de que no lo advirtieran mis padres y era así que el pobre Armando asentía con una sonrisa mis impertinencias. Pero esta forma de ser tan quedada, del modo que acabo de dibujarla, no le impidió ponerme límites.

En los primeros momentos que quedamos solos y estando recorriendo los lugares inexplorados de la casa di en la despensa con una lata de 5 kilos de dulce de batata.

Lo que sucedió con aquella lata fue que entregados  con cuerpo y alma a la gula,  no paramos de visitarla a toda hora, a un ritmo tan frenético que a los tres días la habíamos liquidado.

Pero volviendo al primer día, recuerdo que era una mañana fría y soleada y que todo nos producía risa. Decidimos hacer un paseo por el campo en un pequeño acoplado tirado por dos caballos.

Primera sorpresa, Armando me dio las riendas y lo conduje a mi gusto.

Además hicimos algo prohibidísimo: llevamos las escopetas. Las armas ejercían sobre mí una seducción irresistible.  Armando me hizo practicar y resultó que salí buen tirador, al tercer ensayo ya estaba en condiciones de darle a cualquier cosa.

-Vamos a cazar solo lo que comeremos - dictaminó Armando -  con tono tímido pero firme. Y así se hizo, regresamos con algunas perdices.

Una mañana recorríamos un cuadro donde estaba la tropilla de caballos y puse atención en uno de ellos, el Siete y medio. Era el caballo de papá.

Había una ley no escrita basada en la costumbre y el respeto,  que decía que a ese caballo solo lo subía él.

Se me iluminaron los ojos y Armando que rápidamente interpretó mis deseos me ayudó a llevarlo hasta el corral para que lo pudiera ensillar.

Qué caballo. Tenía un galope tan suave que parecía que uno iba entre nubes. Y qué ligero que era. Andando en él solíamos internarnos en el gran cañadón, por entonces lleno de agua y poblado de todo tipo de aves acuáticas, de juncos y duraznillos.

No siempre estuvimos solos. Fueron varias las visitas que recibimos.

De los muchachos jóvenes de la zona, sabiendo que no estaban los patrones, vinieron Jorge Nicora, Esteban Demarco y el “Negro” Ledesma.

Caían de tardecita, luego de haber terminado  el trabajo y se quedaban a cenar. Comíamos las perdices, los patos y las liebres que cazábamos durante el día. Para hacerlo distinto, a las perdices y a los patos  los hacíamos a la parrilla porque el encanto era hacer algo distinto y comer afuera de la cocina de la casa nos parecía una novedad. Luego la conversación se extendía al calor del fuego hasta las once o doce de la noche.

Jorge Nicora era un muchacho de unos veinticinco años. Alegre y vivaracho, aficionado a las travesuras y a las bromas.

Venía a casa montado en su yegua alazana, muy linda,  a la que le atribuía cuanta maravilla era posible imaginar y con la que solía participar, según decía, en las cuadreras de la zona.

Jamás se sabrá si con su yegua tenía  el éxito que contaba, por aquello de que “el castigo que sufre el mentiroso es que cuando dice la verdad, nadie le cree”.

Un día que vino a la mañana me encontró montado en el Siete y medio  – mirá cuando se entere don Miguel -  me amenazó entre risotadas.  Me desafió a correr una carrera.

Armando, ya con algo de fastidio, aceptó el desafío por mí. El mismo se puso de “rayero” y desde allí dio la señal de largada. Eran unos doscientos metros.

Piqué el caballo que salió con fuerza y con mi inexperiencia,  le gané por un cuerpo entero. Aquella vez Nicora quedó callado la boca.

En un momento, cuando ya estaba yéndose me sorprendió con un pedido: como al descuido me preguntó: ¿Miguel me prestás el caballo? pasado mañana te lo devuelvo.

Me agarró de improviso y no supe decirle que no. Cuando quise acordar ya se lo llevaba de tiro.

Armando, que no estaba presente, en cuanto se dio cuenta me lo recriminó. ¿Cómo que le prestaste el caballo? ¿Y si le pasa algo? ¿Cuando dijo que lo trae de vuelta? ¿Y para qué lo quiere?

-Me dijo –traté de explicar algo- que lo quiere para correrle una carrera no sé a quién…Armando quedó disgustado.

Tardes cortas, enseguida anochecía. En uno de estos días regresando a casa nos asustamos. Con los últimos resplandores de la tarde desde el campo divisamos que había un grupo grande de hombres, quizá unas diez personas. Era la policía. ¿Qué había pasado? Había sucedido que desde hacía dos meses estaba perdido un hombre, Agapito Demostes, peón de un vecino.

Se lo había visto por última vez una tarde, luego de una yerra, en la que había comido y bebido en abundancia. Luego salió caminando a campo traviesa en dirección a la ciudad de 25 de Mayo. Desde entonces no se tenían más noticias.

La policía nos hacía toda clase de preguntas ¿recorren con frecuencia el campo? ¿Y al cañadón también lo recorren? Verdad que no habíamos visto nada. Pero tan solo un mes después, cuando las aguas bajaron, el pobre Demostes apareció enredado en un alambrado. Murió ahogado.

El asunto nos impresionó y esa noche no cenamos afuera de la casa, sino en la cocina.

La conversación daba vueltas sobre este asunto. Recién cuando nos cansamos  irrumpió el  tema de  cómo se cazan perdices durante las noches. -Hay que encandilarlasdecían Armando y Esteban Demarco - Para eso  necesitamos un reflector.

¿Cómo podríamos hacernos de uno? Armando miraba el farol sol de noche que estaba sobre la mesa y pensaba, como si entreviera el amanecer de una idea.  Mañana veremos, sentenció.

A mí me parecía un suceso extraordinario salir de noche a cazar perdices con un farol y me acosté pensando en eso.

Al día siguiente hacer el reflector fue toda una aventura.

Al farol sol de noche Armando le adosó al tubo de luz una lata de aceite de cuatro litros, vacía, a la que le había cortado tanto la tapa como el fondo. Al resto del tubo de luz del farol lo tapó con cartones.

 Quedamos satisfechos, hasta parecía que el propio artefacto nos aseguraba que ya no era farol, que ahora era “reflector”. Para ello debíamos examinarle el título.

A la noche salimos a caminar. La luna descendente. La noche oscura y fría.  El reflector funcionó perfectamente, el haz  de luz salía con fuerza por la lata de aceite,  encandilaba  a las pobres perdices que quedaban a nuestra merced.

Llegando a casa Armando, retraído,  no hablaba. ¿Otra vez con ese temblor de ánimo que le producía  la timidez?

-¿Qué te pasa Armando?  - le pregunté -

-Me pasa  -contestó turbado-  que ha terminado otro día y Nicora no ha devuelto el caballo. ¿Nos habrá mentido?

Yo también quedé pensativo.

Una tarde recibimos la visita de una vecina, la señora Beba Beiner, quería hablar con papá. No sabía que la familia estaba ausente. ¿Y vos que hacés acá que no te fuiste? me preguntó. “Quedé de ayudante” le contesté. Otra tarde vino Nadares, el amansador; también, que papá regresaría el próximo domingo, que pase la semana siguiente.

El paso de las horas, de los días, se nos escurría como el agua entre las manos. Habíamos gozado de unas vacaciones que con el paso de los años la recuerdo como la más linda que tuve, quizá por el conjunto de sensaciones que me dejaron, de atrevimiento, de licencias, de osadía y algo de desenfreno.

Aún faltaba un par de días para el domingo y tratábamos de mirar todo, de estar atentos porque entendíamos  que tendríamos que responder a una andanada de preguntas. Por otro lado, ya extrañaba a la familia.

Y cuando menos lo esperábamos, el sábado a la tarde, llegaron de regreso.

Nos abrazamos y nos besamos durante un largo rato, traían noticias de Maite, incluso fotos donde se la podía ver muy recuperada y algunos regalos para Armando y para mí.

En contra de lo que imaginábamos papá no hizo muchas preguntas. Se extrañó cuando le contamos la “visita” de la policía pero por lo demás, aprobó lo que le informamos con una sonrisa bonachona.

Armando se puso de pie y se despidió de nosotros. Hasta el lunes ya no tendría necesidad de venir.

En poco se hizo de noche y se organizó una rápida cena, todos contaban mil cosas. Qué bien que la vimos a Maite.  Y qué ciudad tan linda es Mar del Plata,  aún en invierno,  repetían.

 Después de cenar mamá se me acercó y comenzó a hacerme unas caricias que rápidamente ganaron en altura y se establecieron en mi cabello y lo que parecía puro cariño derivó en la búsqueda  de posibles piojos; nada encontró pero no se detuvo hasta que le respondí: ¿antes de dormir rezaron? si mamá, rezamos. ¿Y se ducharon? si mamá nos duchamos. ¿Cuántas veces? tres o cuatro veces (aunque la verdad no recuerdo que hayamos pasado debajo de la ducha ni una sola vez). ¿Y se cambiaron las sábanas? si mamá las cambiamos. ¿Y las toallas? (porque las que vi en el baño están de color marrón) si mamá, a las toallas también las cambiamos…

Mi padre me miraba con compasión.

Me fui a dormir preocupado. Del caballo faltante no se había hablado, al día siguiente debía sincerarme con papá.

Mi turbación era tal que el domingo a la mañana buscaba el mejor momento, no quería que nadie más de la familia escuchara, no quería que hubiera testigos de lo que consideraba una confesión.

Pero aún faltaba  que sucediera algo: con asombro lo vi llegar a Armando. Con su mirada me di cuenta que venía directo a hablar conmigo.

-¿Ya le dijiste a tu papá? me preguntó en voz baja mientras se bajaba de la bicicleta.

-No, todavía no.

-Vine a acompañarte, para que cuando se lo digas no estés solo.

¡Ah… Armando! Suele haber en el corazón de los hombres misterios tan grandes de generosidad, de sacrificio, de amor,  que las palabras jamás serán suficientes para explicarlos. Armando interrumpió el descanso del domingo para estar junto a mí. Entendió que estando acompañado por él yo no sentiría miedo de afrontar el momento.

Lo vimos a papá en el patio de la casa. Era la oportunidad. Arranqué yo:

-Papá te quiero hablar de un asunto del que ayer no te dije nada….

-¿Qué pasa Miguelón? me detuvo con cara de extrañado.

- Pasa que hace unos días Jorge Nicora….

-Ah sí, ya me imagino ¿es por lo del Siete y medio? –me interrumpió mirándonos a los dos que escuchábamos asombrados.  Porque viniendo para acá  - continuó - me lo crucé en el camino, me detuve a conversar y me contó todo, no vino a devolverlo porque estuvo enfermo,  mañana lunes vendrá…..Imagino Miguelón que cuando te lo pidió no supiste decirle que no.

- Es cierto papá, cuando quise acordar ya se lo llevaba de tiro y Armando me lo recriminó. ¿Pero si ya lo sabías, porqué no me dijiste algo?

Entonces, abriendo grande aquellos ojos mansos y claros me contestó suave pero con contundencia:

-Esperaba que vos me lo dijeras.

Con algo de vergüenza quedé solo en el patio pero con la sensación de que me había quitado de encima una parva de preocupaciones y cuando creía que ya no tendría más explicaciones que dar apareció mamá.

-¿Miguelito –me interrogó descreída- puede ser que se hayan comido los 5 kilos de la lata del dulce de batata?

No recuerdo qué le contesté, pero sí sé lo que le contestaría hoy si tuviera ocasión:

-Y sí mamá ¡pero si es que era una sola lata!

 






lunes, 22 de noviembre de 2021

MIS ABUELOS, MIS MAESTROS (Cuento)

 Por Miguel Garin – Dedicado a mi amigo Antonio Mangieri, viajante.

Cuando tenía 12 años de edad comencé a visitar la casa de mis abuelos.

Siempre lo hacía los días sábado a la mañana cuando invariablemente lo encontraba al abuelo Fernando en su escritorio, preparando los pedidos que había hecho durante la gira comercial de la semana.

Era viajante vendedor.

Mi abuela Dolores también estaba en actividad, como Directora de la Escuela número 1 de Nueva Granada, la ciudad en la que vivíamos.

Tanto ella como él eran encantadores pero por aquel entonces yo no podía distinguir lo que me producía la tentación de ir a verlos, si el trato cariñoso que me brindaban o la propia residencia, que me parecía maravillosa.

Se trataba de una casa vieja aunque muy bien conservada, en la que resaltaban la galería que daba al jardín, presidido por un jazmín del Paraguay; el escritorio de abuelo en el que estaba la rica biblioteca y el vestidor;  un cuarto grande, con armarios empotrados,  algunos de los cuales tenían sus puertas espejadas.

Abuelo recorría una amplia zona de la provincia visitando ciudades y pueblos intermedios. Por edad ya estaba muy cerca del retiro pero él decía que jamás se jubilaría “porque como episodio importante en la vida de un hombre, después de la jubilación lo que sigue es la muerte”.

Ambos contaban con un aspecto personal muy lindo.

A mí me atraían las historias que contaba abuelo luego de cada gira. Detallaba qué características tenían algunos de sus clientes porque como buen vendedor había desarrollado la perspicacia o la agudeza de entendimiento del pensamiento ajeno.

Por ejemplo de don Manuel Rajado, Gerente de  La Agrícola Comercial de San Gabriel contaba que tenía la costumbre de meterse el dedo en la nariz y escarbarse. El dedo de la mano derecha, la misma que se usa para estrecharla en saludos. De don Alfonso Oreja, dueño del gran corralón de Ciudad Costera refería que cuando hacía pasar  los viajantes al escritorio, ya tenía preparada una jarra de agua y dos vasos porque, “en el escritorio de don Alfonso jamás se sirvió otra cosa que no fuera agua”. Y a don Melitón Malaspina, lo describía con cara sufriente y con una mano tomándose el bajo vientre, porque padecía de flatulencias.

-¿Y que son las flatulencias abuelo?

-Son -me respondió con risa y ante la mirada reprobatoria de abuela-  una especie de catarro intestinal.

Como dije la casa estaba llena de maravillas. Para mantenerla limpia venia todos los días Consuelo, una mujer joven a la que se le proveía un vestido para el trabajo bastante ajustado a sus formas. La llamábamos por su sobrenombre, Chelo.

Los días sábado abuelo tenía una serie de actividades.

Llevar el auto a lavar, luego en el escritorio meter todos los pedidos en el sobre de papel madera y despacharlo en el correo. Saliendo del correo nos sentábamos en el bar La Madrileña, abuela pedía un té y abuelo el sacrosanto fernet.

Por las cosas que contaban o por el atractivo que despertaban, terminaban con la concurrencia pendiente de ellos.

Ese era el momento en que abuelo recibía ciertos pedidos de la gente a los que le prestaba mucha atención. Podía presentarse alguien que le  preguntara si la semana entrante  andaría de viaje por Coronel Suárez, por mencionar  una de las ciudades que visitaba.

-Por favor, llevarle éste paquete a mi hermana, puede usté dejarlo en la estación de servicio que ellos le avisarán.

O  podía venir otro con medicamentos para la mamá, que vivía en Pigüe. O comprar algún encargo para un cliente suyo, compromiso que había tomado en la gira anterior.

Abuelo atendía a todos con sincera sonrisa. Y mirándome a los ojos añadía “siempre en la vida tenemos que hacer algo por los demás”.

Llegábamos a casa casi a la hora de almorzar, cuando Chelo ya tenía puesta la mesa y la comida caliente a punto de servirse.

Después del almuerzo se sentaban en el living a la espera del café y luego de conversar un rato los dos pasaban al dormitorio para la siesta.

A mí también me querían hacer dormir y yo les hacía creer que sí, que dormiría, pero en cuanto oía los ronquidos me levantaba y recorría rincones, revolvía cajones, descubría cosas y me imaginaba cómo habría sido la vida de mi papá y de mis dos tías en ese mismo lugar, cuando niños.

Por su parte Chelo, mientras abuelos dormían, terminaba de limpiar el comedor y la cocina,  se cambiaba de ropa, agarraba la bicicleta y se iba hasta el día lunes.

De más grandecito abuelo comenzó a llevarme a sus giras en los meses de verano, como antes lo había llevado a mi padre. Conducía con maestría el auto espléndido que tenía, un Rambler Ambassador. “Este es el mejor auto que he tenido en mi vida" comentaba.

En aquella primera gira conocí los pueblos de San Gabriel, Coronel Aizaga, Pampa Llana, El Verde, Senderos y Ciudad Costera.

En todas partes me presentó como Fernando III.

-“Este cliente –me cuchicheó abuelo guiñando un ojo- pide rebaja hasta el último momento” y cuando apareció con la chequera y la factura en la mano, con las condiciones convenidas, igualmente preguntó ¿no hay rebaja?

-“Este otro es desconfiado” me habló por lo bajo. Antes de firmar la nota de pedido leyó renglón por renglón, multiplicó el precio unitario por las unidades pedidas, verificó el total, el plazo de pago y cuando parecía que ya firmaba, se lo dio a la hija para que lo revise, es que “cuatro ojos ven más que dos” dijo.

Y así, en cada uno había algo de particular. A la mayoría los conocía desde décadas atrás, conocía sus familias, sus padres e incluso sus abuelos.

El conocimiento del cliente y de su entorno, la capacidad que tenía para detectar aficiones o pasiones;  el retener nombres, el escuchar mucho y hablar menos;  el percibir y sobre todo el observar pacientemente, como el trabajo del naturalista aquel que se dio a la observación de los pájaros, habían hecho de abuelo un barómetro viviente, capaz de medir la atmósfera de cada entrevista.

Por entonces Chelo dejó el trabajo y se fue a vivir a Bahía Blanca.

Por más que abuelo se resistiera, el día del retiro llegó.

En casa creíamos que lo tomaría como un pesar, pero abuelo estaba hecho de una madera muy especial.

Viajó a Buenos Aires a presentarse a la empresa acompañado por abuela porque ambos querían –de paso- permanecer unos días para ir al teatro.

En la empresa lo recibieron muy bien y tuvieron atenciones y palabras de reconocimiento reconfortantes.

Sin embrago no se despidió del Director que estaba de viaje en Europa, pero le aseguraron que en cuanto regresara iría a Nueva Granada para saludarlo personalmente.

Estando en la Capital abuelo compró un traje oscuro que comenzó a usar de mañana.

Planificó una gira de turismo por las provincias de Cuyo, que harían con el nuevo auto, un Torino,  del que dijo que “era el mejor auto que he tenido en mi vida”.

Una mañana se presentó en su casa don Melchor Aramendi, Director de la Compañía. Allí lo recibió abuelo, había estado esperándolo vestido con toda elegancia con su nuevo traje.

La vida de jubilados, que fue bastante extensa,  les hizo muy bien. Abuelo pasaba largas horas en el escritorio leyendo novelas históricas y filosofía. Y también escribiendo, además de una serie de actividades. Abuela iba todos los días a practicar baile al Centro de Jubilados. “Yo no lo necesito” decía abuelo y aprovechaba para preguntar ¿cómo se puede ir a aprender algo que debe fluir naturalmente?

Ambos fallecieron con poca distancia de tiempo el uno del otro. Primero abuelo. Unos días antes me dijo en tono de confesión  “no recuerdo haberle hecho mal a nadie”.

Muchos años después la casa fue demolida y en su lugar se levantó un edificio de tres plantas. Lo único que quedó fue el jazmín del Paraguay que ahora preside el nuevo jardín.

En su sitio quedaron recuerdos y las lejanas enseñanzas que tanto me ayudaron.

Común es que unos recuerdos hagan aparecer otros, de modo que voy a compartir aquel al que le di carácter de “secreto”, resguardándolo de nadie.

En uno de aquellos días sábado en horas de la siesta, recorriendo las dependencias,  encontré que uno de los armarios del vestidor estaba vacío y tuve una idea: me encerraría en él, dejaría una mínima rendija entre las puertas y la espiaría a Chelo cuando se cambiaba.

La espera fue de algunos minutos, pero me pareció larguísima. Por fin escuché sus pasos. Chelo entró,  se descalzó, luego se cambió el vestido y  se fue.

La idea había funcionado. Se cambió de ropa en un punto del cuarto, justo en el centro, que me había permitido tener una visión perfecta.

Al operativo lo repetí varias veces. Chelo siempre en el centro del cuarto.

Para mí significaba un atrevimiento muy grave, una osadía mayor.

Pero llegaba la hora y pese a que le temía,  estaba con verdadero apetito por verla, con curiosa morbosidad.

Contenía la respiración de miedo a que se diera cuenta.

Un día me distraje en la cocina y me demoré en ir a mi escondite, mientras ella terminaba de guardar las cosas en el aparador.

Fue entonces que me preguntó con ojos inquisidores: ¿No vas al armario hoy?

Me produjo una sensación tormentosa, quedaba claro que había descubierto mi aventura. Pero todo pasó rápidamente, casi no había terminado de incorporar lo escuchado cuando me volvió a hablar:

-Andá al armario que ahora voy yo.

Obedecí como un soldado, autómata.

Chelo llegó un instante después y tal como lo había hecho en oportunidades anteriores, se puso en el centro del cuarto. Desde mi ubicación, a través de la rendija podría ver toda la película.

Se quitó sus zapatos chatitos y empezó a desabrocharse lentamente el vestido dándome la espalda.

Entonces sucedió algo inesperado, comenzó también a quitarse la ropa interior hasta quedar completamente desnuda.

Sus piernas, su espalda, sus hombros, todas sus poderosas formas quedaron al descubierto.

Luego se giró y quedó de frente a mí, con aquellos dos bultos que apretados por el vestido de trabajo, siempre se me habían mostrado anhelantes.

Posteriormente se volvió a vestir con su propia ropa y sin pronunciar ni una sola palabra se marchó.

Con el tiempo entendí que Chelo había sido cómplice de mis jugarretas, por eso se ponía siempre en el mismo lugar. Le gustaba que la mire.  Lo que vi, con 12 años,  resultó muy revelador.

¿Fue la despedida? Pocos días después se radicó en Bahía Blanca.

Ahora que ha pasado tanto tiempo me sorprendo viéndome en la situación donde estuvo abuelo. Desde hace algunos años yo mismo he  llegado a serlo y reflexiono sobre la descendencia; de qué manera va reemplazándonos….

Claro que la comunicación con mi nieto, Fernando V, es distinta, ya no se trata de visitas; hoy la mayor cantidad de contactos es a través del teléfono, de los mensajes de texto, de las video llamadas y del Facebook. Lo común es que él me haga un mensaje y que en respuesta yo lo llame.

No me gusta abrumarlo con consejos pero cuando puedo trato de trasmitirle lo que tantas veces le oí a abuelo, aquel pensamiento que le dio sentido a su existencia “siempre en la vida tenemos que hacer algo por los demás” pensamiento que a fuerza de repetirse, ha cabalgado a través de las generaciones en nuestra familia.




 

TRIANGULO DEL OESTE DE 1966