Bienvenido a mi blog de anécdotas y cuentos relacionados con las vivencias en el campo, con el automovilismo y con los viajes que realicé. Espero que disfrutes leyéndolos. Cuando quieras podes dejarme mensaje con tu opinión, tu parecer, tu impresión o tu aporte, yo siempre estaré aquí para atenderte y brindarte lo mejor de mí en cada momento. Un abrazo grande y lleno de afecto. Miguel Garin
miércoles, 3 de julio de 2019
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miércoles, 26 de junio de 2019
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miércoles, 5 de junio de 2019
La Noches de San Gabriel
Por
aquellos días en el pueblo de San Gabriel se conversaba intensamente sobre dos
asuntos: la enfermedad de Eusebio y el
examen que debería afrontar la joven Encarnación, en la que tantas
esperanzas estaban depositadas.
Pueblo
pequeño, distante 40 kilómetros de la ciudad cabecera del partido, enclavado en
zona ganadera, tenía sus calles de tierra
y casi nulo el alumbrado público, solo una lucecita en cada esquina.
Una arteria de doble carril que recorría el casco urbano de oeste a este, era la que le daba vida y movimiento. Comenzaba en el arco de entrada, pasaba por los comercios principales, por el Banco, por la Capilla, por la plaza, con sus árboles de naranjos, por la Delegación Municipal y finalizaba allá a lo lejos, en los corrales.
Baltasar
era el herrero del pueblo.
Le
llegaban a diario una gran cantidad de discos y rejas de arados. A ambos
márgenes del ingreso a su galpón se habían acumulado montañas de hierros
viejos, dejando en el centro un serpenteante camino por el que se transitaba
haciendo equilibrio. Al lado de la fragua, con la maza en la mano, batiendo el
yunque, pasaba la jornada completa. Era
impresionante la fuerza que habían desarrollado sus dos brazos.
De
regreso a casa se bañaba, cenaba junto a su esposa doña Jimena y luego de una
breve sobremesa sacaba los sillones de mimbre a la vereda.
Aquella
era una costumbre arraigada por años y que había derivado en otra cosa: en reuniones
de vecinos, en tertulias, que se habían fijado con fuerza.
La
tertulia de Baltasar gozaba de prestigio.
A
ella asistían personas de buena reputación; allí solían ponerse en marcha
mecanismos de solidaridad que pese a la discreción con que se hacían al final,
se terminaban conociendo por lo bajo y a diferencia de otras, en ésta se
murmuraba con recato.
No
obstante le cabían las generales; en sus reuniones circulaban vertiginosas, las
noticias, las conjeturas,
interpretaciones y análisis posibles.
Con ansiedad esperaba Baltasar la concurrencia de don Saturnino, el hombre prominente del pueblo. Cuando éste llegaba se daba por iniciada la sesión. Era el único tertuliando al que se le dejaba preparado su sillón, los demás tenían un mismo funcionamiento: saludaban, trasponían el zaguán de la casa, tomaban una silla del comedor y se sumaban a la rueda. Eso era todo.
En
el pasado don Saturnino había sido designado Delegado Municipal y bajo su breve
mandato se las compuso para crear la escuela secundaria y asimismo, para organizar el cuartel de bomberos
voluntarios.
Hombre
reposado que jamás hablaba mal de nadie,
fue capaz de imprimirle naturalmente,
esa tonalidad a la reunión que se
desarrollaba en la vereda de Baltasar.
Eliseo Polleta era otro integrante de la tertulia. Joven, Tesorero del Banco, aficionado al sarcasmo, sus intervenciones por lo general eran punzantes.
Don
Saturnino fue derecho al grano: ¿qué se
sabe de la salud de Eusebio? preguntó con inquietud.
El vecino - le informaron- permanecía internado en la ciudad, aún le estaban haciendo estudios.
-“Eusebio se dejó estar” acotó don
Saturnino con movimiento negativo de la cabeza.
- No es solo eso -saltó
como un gallo Eliseo - si ya hace dos años que estamos sin médico en San
Gabriel.
-¿Y el examen final de la chica Encarnación se conoce cuando es? volvió el primero a preguntar.
Muchos eran los jóvenes que se iban del pueblo; ahí estaba el ejemplo de los hijos del mismo Saturnino, el mayor ya recibido de Ingeniero y trabajando en el extranjero y el menor en camino de lo mismo. O los hijos del propio Baltasar, que habían abierto un taller en la ciudad. Encarnación rendía por esos días la última materia de medicina y la esperanza de la población de San Gabriel era que volviera al pago para cubrir tan sentida necesidad.
Voces
inciertas, palabras escuchadas a medias, risas furtivas, permitían adivinar
otras reuniones en las tupidas sombras de las veredas.
A
las nueve de la noche pasó con regularidad el camión regador de calles.
De
tanto en tanto un suave vientito traía, para deleite, las fragancias de los
naranjos de la plaza. Ah….los naranjos en flor.
En
torno a los corrales había movimiento, dos eran las casas rematadoras que
organizaban encierros mensuales. El encargado de las instalaciones era El Corralero, un hombre apreciado.
Frente
a ellos estaba el bar La Feria.
Era
un boliche de mala fama. Las mujeres, sino eran acompañadas por hombres no se
animaban a caminar por su frente y las madres repetían a sus hijas, como en
recomendación sacramental, ¡no vayan a pasar por ese bar!
Verdad era que había cosas que producían los corrales que generaban inquietud; la cantidad de autos que circulaban obligaba al camión regador a pasar continuamente, los camiones de hacienda si bien entraban por atrás, no paraban de romper los accesos y los arreos llenaban de pisaduras de animales los caminos.
Eliseo,
que miraba con antipatía la actividad de los remates, expresó:
“se pueden decir muchas cosas de los corrales pero lo cierto es que quién tiene
que poner orden allí, no lo hace, al contrario, perdona todo”.
Sabiendo los asistentes que el comentario tocaba al Corralero, hicieron mutis.
Una
nueva reyerta entre dos camioneros era la comidilla del día y le dio pie al joven
Tesorero para volver a la carga, “cuando las noticias – expresó- son normales
o buenas comienzan a propalarse desde el oeste, pasan por todo el pueblo y
llegan al este. En cambio cuando son malas, alguna trifulca, alguna
cuchillada, el recorrido es inverso,
arrancan en el este y suben al oeste”, en clara alusión al conjunto
corrales – bar La Feria.
Don Saturnino sentenció de modo inapelable cuanto se venía comentando respecto del asunto:
-Los remates feria –dijo- son fundamentales para el pueblo. Sino fuera por ellos esto estaría más muerto que pavo en Navidad.
Con
la llegada de un vecino viajero que venía desde la ciudad se conocieron noticias frescas: Eusebio seguía internado,
estaba terminando los estudios, si las cosas salían bien iba a cirugía la
semana próxima.
-Creo que va siendo hora de que organicemos una segunda colecta para él - dijo como para sí mismo don Saturnino - y un asentimiento general recorrió la reunión.
En
noches de calor salir a la vereda, bajo los árboles, era un imperativo para
refrescarse y en cada cuadra había reuniones.
La
conducta vergonzosa del “ruso” Topanovsky, el casamiento a las apuradas de la
hija de doña Amelia, el quebranto de La
Distribuidora, a cuyo dueño – según la creencia general – “la propensión a las mujeres y a los
caballos lo habían arruinado”.
Todo lo que se sabía o se creía saber
circulaba por las veredas, como transmitido
por alguna ráfaga de ondas prodigiosas.
En
ocasiones, el debate ganaba en acaloramiento.
Cuando
eso sucedía solía intervenir Baltasar levantando imponente la mano para
aplacar. Con solo evidenciar sus brazos fuertes como roca, bastaba para
convencer a los mas levantiscos a bajar
el tono y la reunión recuperaba cauce.
Cierto es que se comentaban cosas particulares de la vida de los vecinos pero también era verdad, como contracara, que cuando había una necesitad, se reaccionaba con corazón solidario.
Mientras
se celebraban las reuniones se estaba atento al paso del tren; nunca faltaba un pasajero que al bajar en San
Gabriel trajera novedades.
Así
fue como se conoció la nueva tan esperada, la joven Encarnación, había aprobado
el examen final de medicina.
Médica.
¡Y de San Gabriel! Por fin una profesional que conozca a la gente del lugar. En
las tertulias se recibió el anuncio con gran beneplácito, hasta con emoción.
Eliseo
Polleta, pasmado, quedó en silencio; no todo lo que provenía de los corrales
era malo. Encarnación era la hija del Corralero.
A
las diez y media de la noche don Saturnino miró la hora y se puso de pie. Como
si se tratara de una orden pre establecida la sesión se dio por concluida. Cada
uno guardó en el lugar correspondiente la silla que había ocupado y se
despidieron dándose las buenas noches.
Baltasar
y doña Jimena quedaron solos.
Caminaron
hasta el centro de la calle para ver el cielo. Se percibía en el aire el
exquisito perfume de los naranjos en flor.
La
luna llena vestía de blanco los
edificios del Banco y la Capilla.
En
los corrales, el encierro había comenzado a la tardecita para el remate del día
siguiente y se oían lejanos balidos.
-La hija del Corralero
es muy buena chica - expreso Baltasar- y doña Jimena estuvo de acuerdo.
Mirando la luna, ambos bostezaron. Desde las ventanas abiertas de los vecinos ya se escuchaban ronquidos, era la hora de ir a dormir.
-¿Cerramos la puerta del zaguán? preguntó Baltasar
-¿Para qué? –inquirió doña Jimena - si no hay tormenta….
viernes, 17 de mayo de 2019
Creciendo
Por Miguel Garin
Ir todos los días a caballo a la escuela no era un
pesar para Hernán.
Por crudo que fuera el invierno, por azaroso que
fuera el viaje en los días de tormenta, por agobiante que resultaran los 13
kilómetros del trayecto en las jornadas de calor, él siempre lo encontraba
entretenido.
En su último año escolar (por entonces el sexto
grado) ya contaba con la seguridad, con el aplomo suficiente como para viajar
tranquilo, llegar a la escuela media hora antes del izado de la bandera, sacar
del portafolio el enorme sándwich que todos los días le preparaba su mamá Nani,
comérselo e incluso jugar unos minutos de picadito de fútbol como para entonar
el cuerpo.
A la escuela iban chicos que vivían en las
inmediaciones de la estación de trenes, en las chacras vecinas, en la estancia
y en parajes rurales.
Leonor era alumna del quinto grado.
A sus once años de edad era toda una señorita si se
la medía por la seguridad con la que se
movía. Ese año había decidido que ya no necesitaría a nadie de su familia para
ir a la escuela. En adelante iría sola, en sulky.
Ella también vivía en su chacra, en el paraje El Mojón, distante diez kilómetros, pero en la dirección opuesta.
Buen alumno, buen compañero, abanderado, su casa era
la chacra familiar, donde desde muy chico, había sentido el llamado de la
tierra; todo cuanto venía del campo le interesaba, particularmente las máquinas
agrícolas, como la cosechadora que la familia explotaba y que manejaba su papá
Luis.
Soñaba con ser tan ducho como él y con tener algún día la piel de la cara reseca
como la del abuelo Giovanni.
Para Hernán, los campos que habitualmente veía no tenían secretos: aquí un gran lote de
trigo, allí uno de cebada, más allá un cuadrito de avena, todos ellos le
agitaban la imaginación.
Con la cosechadora en el galpón ya sabía cómo sería la secuencia del trabajo para la campaña del trigo: comenzaría por la propia chacra, continuaría por el vecindario y se extendería por la zona.
-Ah…la cosechadora….yo quisiera manejarla alguna vez- se ilusionaba en la soledad de su viaje cotidiano.
En la escuela el contacto con Leonor se hizo
frecuente.
En la formación, en el aula, en el recreo; había
simpatía mutua, hasta que un día los ojos de ambos se tocaron.
En el viaje de regreso Hernán no pudo dejar de
pensar en esos bellos ojos del color del cielo y un hormigueo extraño le
recorrió los dedos. Fue ahí que se dio cuenta que nunca quería faltar a la
escuela, para no dejar de verla. Ella tampoco faltaba.
En el reducido ámbito social de la vida en el campo,
que una situación como esta se presentara, no era para tomarla a la ligera. ¿Cuándo
terminaran las clases ya no la vería más?
Con el fin de año escolar le sucedieron dos cosas:
la primera fue que efectivamente las despedidas en la escuela le produjeron
tristeza y un gran vacío. Al despedirse
de Leonor le dijo, turbado, “te voy a extrañar”.
Quedó ella pensando unos instantes y al cabo respondió:
-“Cuando me extrañes salí afuera y mirá la luna, yo siempre voy a estar mirándola”. Esas palabras le trajeron algo de sosiego.
Lo segundo que le ocurrió fue que al día siguiente
ya estaba encaramado en la cosechadora junto a su padre.
Trabajaban en
la zona, aunque alejándose cada vez mas de la casa y tal como se lo
imaginaba, la vida en la casilla le parecía
una atrayente aventura. El abuelo
Giovanni cocinaba.
Era frecuente que los chicos se sumaran a temprana
edad, a las labores del campo, como apoyo en una diversidad de pequeñas tareas.
En vez este sí que era un trabajo de
adulto, un trabajo “en serio”. Justo lo
que él quería.
Había un mar dorado de trigo.
Terminaban un lote y debían salir volando al lote
del vecino, para aprovechar al máximo el buen tiempo.
Los días pasaban rápido y estimaban que el trabajo
se extendería hasta fines de enero.
Recién volvió a la casa para la noche del 24 de
diciembre. Cenaron en la gran mesa ubicada debajo de la parra, con la presencia
de mamá, papá, su hermana Elisa, del tío, de la tía y de los primos que habían
venido desde la ciudad.
En la cabecera la abuela Herminia y a su derecha el
abuelo, ambos con cara de felicidad, eran quienes presidian la reunión. El
momento de comunión familiar era bello, en la Nochebuena estaban todos juntos.
Sin embargo dentro de Hernán había inquietud, quería
estar solo.
En cuanto pudo se levantó de la mesa. Miró el cielo, miró la luna, se extendía en su alma la imagen de aquellos ojos del color del cielo ¿dónde estaría ella ahora?
A la mañana del mismo día de Navidad fueron al campo
para retomar la faena.
Por un polvoriento camino llegaron al paraje La Campaña, para Hernán estos campos y el paisaje le resultaban desconocidos.
- Allí, en aquel montecito –le informó su
padre señalando con el dedo- aún se pueden
ver los restos del fortín de línea de
más de cien años y al lado, el cementerio de los seis milicos que murieron
cuando los indios de Juan Calfucurá lo atacaron.
Visto que entendía muy bien a la máquina, el papá Luis le daba el gusto y lo hacía manejar; a él le parecía estar en la gloria.
- Cuando el caudal de trigo, cuando el rinde es alto –le explicaba- tenés que llevarla muy despacio para que no se atore y para que los dos hombres que van atrás, uno “enganchador” y otro “cosedor de bolsa” hagan su trabajo.
El comando del volante le pareció duro y cansador. Cuando llegó la tardecita estaba
agotado, fue a la casilla, comió fruta y
se acostó a dormir ¡qué bien se duerme cuando se está tan cansado!
A la mañana siguiente una bocanada de aire fresco renovó
el ambiente.
-“Despertate
dormilón, aún te falta endurecer el
cuerpo” escuchó que le decían, era
su padre que le traía un mate. – “Ya
estamos en un nuevo año” –le agregó
para su sorpresa.
La noche del 31 le había pasado desapercibida, muy
distinta a los años anteriores, que habían transcurrido con algarabía familiar
aunque con las ausencias de papá y del abuelo.
Estaba ante una prueba a la que se vería sometido si de verdad quería el oficio, permanecer lejos de casa. Por eso no eran tantos los hombres que estaban dispuestos a emprender por meses, la cosecha fina y luego de un breve tiempo, la gruesa, sufriendo sin rezongos y sobreponiéndose a los calores y a los fríos más crueles.
El Mojón era un paraje rural en el que convergían
tres caminos; también este era un lugar extraño para Hernán.
La única construcción era un viejo almacén de ramos
generales en cuyo frente se conservaba, como reliquia del pasado, un largo
palenque.
Debajo de añejos árboles quedó la casilla. En los
alrededores habían chacras prósperas, con sus dueños ansiosos por ver cosechado
el trigo, casi no tuvieron tiempo de llegar que ya estaban en el primer lote.
Se sucedieron los campos, estuvieron en los de Acerbo, Vechara, Calman, Moretti, Aizaga, Escudero, hasta que Hernán perdió el hilo….
Un sol abrasador envolvía el campo.
En otras circunstancias hubiera sido el momento para
una reparadora siesta, pero no para ellos que tenían que seguir.
Una repentina falla los hizo detener; revisaron, se había cortado una correa y
aquello por lo que tanto se preocupaban para que no sucediera, que nada se
rompiera en plena labor, sucedió de todos modos. Para mayor contrariedad en la camioneta
no había repuesto, había que ir a buscarlo a la ciudad ¡distante más de treinta
kilómetros de camino de tierra!
Por mandato de su padre, el jovencito quedó al lado
de la cosechadora.
El vasto silencio, la soledad, el suave viento que parecía hacer olas en el trigo aún sin cosechar, lo hicieron entrar en sopor.
A la distancia, desde la casa, ella vio la máquina
detenida, incluso alcanzo a verlo a él y pensó que podía ayudar, el calor era muy
fuerte.
Con agua fría de la bomba del patio preparó una
jarra de limonada, una servilleta para cubrirla y dos vasos.
Salió sin que nadie lo notara y protegida por un
sombrerito cruzó el campo.
Lo encontró sentado en la tierra y con la espalda apoyada en la gran rueda que daba a la sombra.
-
Hola Hernán – le dijo cuando estuvo cerca - pero éste no respondió.
- Hola Hernán, ¿no me conocés? Te traje algo fresco…. ¿Verdad que no te olvidaste de mi?, ¿verdad que alguna noche miraste la luna al mismo tiempo que yo?
Hernán no hacía ninguna reacción, aquellos ojos eran
un regalo del cielo ¿lo que veía era
real o soñaba?
Hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Con el cuerpo inseguro por la somnolencia se puso de pie y fue entonces que con sorpresa, que con enorme asombro, exclamó:
- ¡Leonor!
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