miércoles, 3 de julio de 2019

CEUTA Y LOS “JARDINES DE LA REPUBLICA ARGENTINA”:



Por Miguel Garin




Ubicado  en el enorme catamarán que salió desde el puerto de Algeciras comencé la travesía a través de la bahía hasta llegar a la “Siempre Noble, Leal y Fidelísima” ciudad de Ceuta, en el norte de África y que junto a Melilla es todo lo que queda de la otrora presencia militar española.
Cuando digo que aquel ferry era enorme quiero decir que en la bodega viajaban los automóviles, y que tenía tal capacidad que parecía un parking público.
Muchos de los viajeros permanecieron en el interior de sus propios automóviles, sin tan siquiera molestarse en bajar, desistiendo de ir a cubierta porque siendo  habitúes  ya no les resultaba novedad ver el paisaje, todo lo contrario de lo que me sucedió a mi, que disfruté de cada minuto del trayecto que duró algo menos de una hora.

Sentado en un cómodo banco presté atención a una familia que increpaba con grandes ademanes y palabras levantadas al hijo mayor, de unos veinte años, aire abstraído, modosito, españolito sin apuro, por cuestiones  de dinero que no entendí bien, y que lo único que recibían por respuesta eran unas pocas palabras y unos gestos que a ninguno conformaba.

Poco a poco Algeciras y el peñón de Gibraltar se fueron difuminando en el horizonte sin que desaparezcan totalmente de la vista y a cambio, mirando a proa, pude apreciar como las costas de África salían de su estado brumoso.
Navegando en la bahía de Algeciras, tan próxima al estrecho de Gibraltar, se tiene siempre presente la cantidad de hechos sucedidos a lo largo de la historia, los viajes de fenicios, griegos y romanos, la siempre inquietante vecindad de África, el recelo del pasado por las presencias berberiscas  y turcas, el comercio, el control de todo aquello que ingresa al mediterráneo proveniente del atlántico, los sucesos del comienzo de la guerra civil española y de la segunda guerra mundial, verdad es que por este pequeño espacio del mundo, pasó de todo.
Y aún hoy se puede decir que persiste una frontera que no está suficientemente explicitada en ningún mapa, pero que desde hace siglos ha sido la más fuerte y que es la frontera religiosa: donde termina lo cristiano comienza lo musulmán y a la que habría que agregarle otra, mas actual,  donde termina el primer mundo comienza el último, ese que produce todos los días miles de refugiados que se atreven a las aguas turbulentas, embarcados en cayucos miserables, huyendo de sus tierras y en busca del sueño europeo.
Mucho tránsito marítimo, con buques de todos los tamaños, algunos de gran calado haciendo espera para ingresar al puerto de  Algeciras; otros, trasatlánticos repletos de alegres turistas que provenientes de cualquier parte del mundo hacían  su ingreso a ese inmenso patio comunitario que es el mar mediterráneo, o también embarcaciones militares como lanchas costeras  que hacían su rutina, en fin lo que se pueda imaginar.
Cuando el ferry alineó su proa a la gran bocana del puerto de Ceuta, se distinguieron ciertos perfiles como la bandera de España flameando junto al edificio de migraciones y un poco más atrás la catedral, cuyo frente está orientado al mar. Fueron esas las primeras imágenes que vi.

El joven españolito seguía dando escuetas explicaciones y a mi me vino a la memoria el caso del inmigrante aquel que llegó sin un duro a la Argentina, y que como no podía contar la verdad de lo ocurrido  -había perdido todo el dinero que llevaba cuando zarpó jugándolo durante el viaje-  argumentó a los familiares que lo esperaban que en medio de una gran tormenta en altamar, se le había caído al agua…..

Ceuta es una ciudad pequeña, pero pujante y muy bonita.- No está  explotada turisticamente o al menos no intensamente explotada.
Si en Gibraltar todo esta escrito en inglés y pareciera que se está en el corazón de Inglaterra, en Ceuta lo que se recibe, además de un fuerte acento propio de Andalucía, es la presencia mora (así se denomina a las etnias naturales de la zona), que si bien no es mayoritaria, es muy visible. 

Mezcla de  arquitecturas, paisaje propio del África septentrional, sol brillante, temperatura benigna, vida apacible  y moros por todos lados, son los tonos salientes de la ciudad.
El centro es alegre, los comercios tienen atractivo y en las horas de la tardecita se llena de gente, con las familias recorriéndolo, con las emanaciones de distintas sabrosuras provenientes de  bares  y restaurantes, que ya en la noche se ven a plenos, con lo que todo cobra dinámica vida.
La mayoría de la población es española y católica, seguidamente es mora y musulmana, pero hay también españoles musulmanes, moros católicos, árabes musulmanes, árabes católicos, judíos e hindúes, es decir una verdadera ensalada de gente que para el asombro conviven en la mayor armonía. Claro, en Ceuta no hay petróleo y por lo tanto no existen las tensiones del Oriente Medio.
Con playas de lindas arenas, con palmeras que adornan sus bulevares y avenidas, está construida sobre una saliente de la costa con vista al mar mediterráneo, con toda la intención militar de controlar el tránsito del estrecho, en un rol  parecido al que ejerce Gibraltar, claro que en este caso a favor de España, rol revalorizado a partir de la incorporación de España a la OTAN.
Pero la ubicación de Ceuta siempre tuvo importancia geoestratégica y eso explica las guarniciones militares, antiquísimas algunas, modernísimas otras, así es que a cada rato uno se está cruzando con la presencia uniformada.





Subiendo al monte Hacho se tiene una vista soberbia, para un lado África, que vista desde allí no se aprecia muy verde, sino de un color “amorronado”, o pardo y para el otro el mar mediterráneo, azul como un zafiro.
Regresando de aquel paseo se puede ver un gigantesco monumento al dictador Francisco Franco, con glorificación al 17 de Julio de 1936, fecha del alzamiento del ejército español en África contra la república, que no se cómo resistió al paso del tiempo democrático, en perfecto estado de abandono, semidestruido y presa de yuyos, alimañas, botellas rotas, jeringas, profilácticos y demás mugres.
No pude dejar de reflexionar sobre lo volátiles que suelen ser ciertos emprendimientos de los seres humanos porque en tan solo setenta años –nada si se lo compara con el enorme reloj de la historia- ese monumento, que seguramente fue inaugurado con todo boato, paso de la magnificencia inicial a la degradación actual.
Una de las calles de la ciudad se llama “Argentina”. Luego hay otras calles que se llaman “Colombia”, “Panamá”, “Cuba” y “Bolivia”.
Pero no encontré calles que se llamen “Francia”, “Inglaterra”, “Alemania”,  ni siquiera “Portugal”.- ¿Será que a los ceutíes les queda mas cerca afectivamente los países latinoamericanos que sus vecinos europeos?
La ciudad tiene en su centro un parque no muy grande, pero  espléndido, con distintas especies de árboles,  con abundancia de flores y prolijamente mantenido. Está en un lugar clave con cruce de avenidas y salida a los paseos costeros.
Grande fue mi orgullo cuando en los carteles vi que se llama “Jardines de la República Argentina

miércoles, 26 de junio de 2019

GIBRALTAR



Por Miguel Garin





Estando tan cerca un día visité Gibraltar, el famoso peñón, enclave inglés que se mantiene “manu militare” y que cada vez que España lo reclama, el gobierno inglés le recuerda que la propia España hace lo mismo con las ciudades  de Ceuta y Melilla, en el norte de Africa, en el actual estado marroquí.
Eso no es cierto porque son situaciones históricas y jurídicas distintas, pero los ingleses aprovechan y lo dicen así.
Adentro de la pequeña pero pujante ciudad –ingleses y gibralteños la llaman The Rock (La Roca)- todo está escrito en inglés. Carteles de calles, de avenidas, de comercios, de edificios,  pareciera que se  está en el centro de Inglaterra. Sin embrago se puede hablar perfectamente en español con el mozo del bar o del restauran, con el dependiente de comercio, con el chofer del autobús y con cualquiera  que esté en contacto con el público, porque el intercambio con gente de habla hispana es constante.
Lo primero que se ve, luego de transpuesta la famosa “verja de entrada”, es la pista de aterrizaje, a la que se la cruza caminando, y luego regimientos militares, bases aéreas, bases de submarinos, puertos militares y hasta hay quién dice que en el interior de The Rock, también misiles nucleares.
Todo puede ser.

Los ingleses ya estaban ahí pero su dominio se consolidó a partir de 1805, cuando se produjo la batalla de Trafalgar que ganaron a una flota combinada franco-española.
Aún hoy me pregunto qué hacía España en ese momento luchando al lado de Napoleón que tan solo unos años después se convertiría en su verdugo.
En la batalla de Trafalgar murió el almirante Nelson, muy recordado en la historia militar de los ingleses.
En el centro de Gibraltar hay un cementerio de caídos en la batalla. Allí reposan los huesos de los desgraciados que murieron en combate, curiosamente no tan cerca, pues el lugar preciso del encuentro fue frente al Cabo de Trafalgar, es decir próximo a Cádiz.
Con la ayuda de Hitler, el dictador Franco pudo recuperar el peñón. Si escuchamos la historia verbalmente transmitida, debemos decir que “Franco desistió por temor a que como represalia los ingleses tomaran las islas Canarias”, lo cual es creencia popular, en cierto modo sustentado en el hecho que las Canarias estaban  entonces débilmente defendidas.

Gibraltar es desde muy antiguo famoso por el contrabando. Además de su enorme importancia estratégica, fue usado como una puerta para vender en Europa todo tipo de productos, sin apego a  norma aduanera alguna.
Por su condición de puerto libre y  aún de paraíso fiscal, se pueden hacer transacciones y comprar todo tipo de productos como ropa, audio, fotografía, joyería y relojería fina, tabaco, licores, whisky, sin impuestos, incluso sin factura.  Todos los precios se hallan exhibidos en libra, y hay que decir que haciendo la conversión a euro no es grande la diferencia.




En The Rock convivieron siempre en feliz mancomunión, un conglomerado de contrabandistas, piratas, funcionarios dedicados a corromper  funcionarios de otros países, espías, traficantes y últimamente cazadores de barcos hundidos.
En el pasado los navíos que circulaban por el estrecho de Gibraltar solían transportar oro y plata de la pobre Bolivia, esmeraldas de la verde Colombia, cobre de Chile, sedas de la remota India, esclavos de la negra África, porcelanas de la milenaria China etc. etc.
Como era muy difícil cazar cargamentos en ultramar porque las cartas náuticas aún no estaban uniformadas y cada barco seguía su propia singladura, los temibles piratas se mantenían al acecho en las inmediaciones del estrecho de  Gibraltar.
Con barcos dotados de hasta 50 cañones interceptaban, apareaban, saltaban, degollaban y se hacían con la carga.
¡Tronaba el cañón y humeaba el arcabuz!
Si sus propios buques resultaban averiados, en The Rock contaban con astilleros para las reparaciones.- Todo con el beneplácito de la corona británica.

Aún hoy Gibraltar tiene un desempeño primordial en el ingreso del hachís que proviene de Marruecos y que desde The Rock se esparce por toda  Europa, dicen que con la vista gorda de la Guardia Costera.
Con todo ese empeño, sumado al de los propios españoles, que no a sido menor, se ha logrado que España sea el segundo mayor consumidor de Europa, detrás de la propia Inglaterra, que es la primera.

Viendo los pertrechos militares se comprende la importancia que este enclave ha tenido y que se mantiene en el actual esquema de la OTAN.
En un local se exhibe una completa colección de fotos de navíos de la Armada Real Británica que en algún momento estuvieron basados en Gibraltar.
Algunos de ellos fueron protagonistas de hechos destacados, como es el caso del Ark Royal, hundido por los submarinos alemanes en la segunda guerra mundial, aunque salvándose la tripulación y marinería completa, en total unos 1500 hombres.
En aquellas fotos se pueden ver las correspondientes al destructor Sheffield, a la fragata Ardent, al enorme carguero militar Atlantic Conveyor, al destructor Coventry, a la fragata Antílope, a los buques Sir Galahad y Sir Tristan y al portaviones Hermes. Todos hundidos o averiados en la guerra de Malvinas.
También estuvo en Gibraltar el submarino Conqueror, aquel que hundió a nuestro crucero ARA General Belgrano.


miércoles, 19 de junio de 2019

JORGE CAFRUNE Y LA ZAMBA DE MI ESPERANZA



Por Miguel Garin




El 8 de agosto de 2008 hizo muchísimo calor en Málaga y yo estacioné en la Avenida de la Paloma, afortunadamente a la sombra, minutos antes de las 20 hs., cuando el inmisericorde sol aún estaba alto.
Debía hacer la última gestión del día y para no llegar anticipado preferí esperar en el auto, escuchando la radio y con el motor en marcha para aprovechar el aire acondicionado.
Llevaba ya largos años viviendo en España y me encontraba muy a gusto.
En el pasado me había costado muchísimo aceptar la idea de radicarme en otro país y a la decisión madre de marcharme le siguieron otras decisiones, como elegir ciudad,  averiguar previamente no se qué cantidad de cosas, alquilar piso, establecerme etc.  etc.
Como lo accesorio suele seguir la suerte de lo principal, junto con mi mudanza migraron hábitos y costumbres.
Pero comenzar de nuevo implicaba cambiar las cosas, había que pensar en una nueva forma de vida, por lo que decidí no leer los diarios argentinos, o al menos no leerlos todos los días, y no escuchar ni el Turismo de Carretera ni el folclore, no sea cosa –pensé- que por alguna de estas rendijas se me colara una copiosa nostalgia…..

Aquel día, estacionado en la Avenida de la Paloma, sintonizaba Cadena Ser con  el programa La Ventana, conducido por Gemma Nierga,  que a esa hora ya estaba finalizando.-
Fue entonces que le escuché decir:
“Hoy 8 de Agosto recordamos a Caetano Veloso, que en el día de ayer cumplió años” mientras como música de fondo paso un pedacito de “Garota de Ipanema”, la emblemática canción  de  Brasil.
Luego la conductora dijo:
“También hoy recordamos a Dustin Hoffman, en el día de su cumpleaños”, al tiempo que hizo una breve reseña de su filmografía, sin olvidar por supuesto a El Graduado, Tootsie y  Kramer vs. Kramer.
“Pero a quién hoy queremos recordar especialmente –prosiguió la conductora- es a alguien que tuvo muchísimo éxito en el inicio de la década del setenta en toda España”. En ese momento comencé a escuchar como música de fondo el punteo de  una guitarra que me resultó demasiado familiar…..”dejando en el oído de  nosotros melodías que hoy son universales” …..¿puede ser –dudé- que sea él? ¿estaré oyendo bien? ¿no sería como la propia zamba lo dice, “un sueño, sueño del alma”?, pero confirmando mi presunción  a continuación le oí decir a Gemma  me refiero a Jorge Cafrune y Zamba de mi Esperanza” y acto seguido la pasó completa, ya con el volumen aumentado, terminando de esa manera el programa del día.

¡Cafrune y la Zamba de mi Esperanza en Málaga!
¡En el programa La Ventana, el mas escuchado del país!

Hay que ver la importancia que una cosa sencilla como esta adquiere cuando se vive en el extranjero, tan lejos de casa.
Dos gruesas gotas me turbaron la vista y confieso que nunca, ni antes ni después, escuché con tanta unción esta canción.
Recibí  cada verso, cantado por nuestro querido Turco, como una caricia, “la caricia que fue envolviendo todo mi corazón”.
Y ahí nomás dispuse que cualesquiera fueran mis circunstancias futuras no volvería a imponerme una exigencia tan alta como la de no escuchar folclore por mas que en mi intimidad se agolparan todas las nostalgias juntas, que intérpretes y canciones hay que nos resultan imprescindibles, vitales,  porque “sin su canto no se vive mas”.

miércoles, 12 de junio de 2019

LO QUE VALE ES LA FIRMA



Por Miguel Garin

La Escuela Normal de 25 de Mayo no escapa a la regla general.
Es que en todas las escuelas hay parecidos y uno de ellos es la algarabía de los chicos en el acto escolar de fin de año, última obligación que abre las puertas a ese extenso período soñado que son las vacaciones de verano.
Días especiales, días que se fijaron con emoción, como impresos en tinta china en el blanco papel de la memoria.
Del que hoy me ocupo corresponde al año 1963.
Por aquel tiempo la expectativa que tenía yo era disfrutar de una estadía ininterrumpida en el campo, donde percibía más libres a los días.
Pleno de gente el Salón de Actos,  aún debimos esperar un buen rato para ganar, por fin, la calle: concluida la ceremonia, un aguacero, con corte de luz incluido, nos hizo permanecer en el interior de la Escuela tanto a alumnos como a  padres y docentes,  hasta ya entrada la noche.

Pero previamente había sido  mamá la que me entusiasmó para dejar registro de lo que era cada fin de año escolar, haciendo firmar en un álbum,  a la maestra de grado y a los compañeros de clase. Así lo hice en casi todos los años de la primaria y secundaria.
En los primeros tiempos el álbum pasó y quedó allá lejos, en los confines, sin embargo  posteriormente se fue acercando, tímidamente,  y hoy tiene un significado muy distinto para mí.

He aquí aquellas firmas de compañeros del curso de tercer grado, en la Escuela Normal y que pertenecen a:

Lilia S. Aguirrebengoa, Elsa B. Galdara, Graciela Groppo, Atilio Oscar Jousset, Gloria Camarano, Mirta Susana Bontempo, Miguel Angel Missotti, José Mario Del Papa, Omar Livi, Ana María Capobianco, Tonda, Stella Maris Grisotto, Nilda Iacopini, Luis Alberto Copello, Ricardo Oscar Sánchez, Roberto M. Fantini, Carlos Enrique Gómez, Pedro Luis Gonzalez, Estela Z. Conti, María Cristina Inchausti, Susana B. Potente, Héctor Mario Dotta, Lidia Ferreyra, Jorge Sciorra, Horacio F. Mússari y Ana María Picone.

Hay entre las firmas una  irreconocible, ¿alguien podrá decir  quién es el autor?
Está también la dedicatoria y la firma de quién fue maestra. Verdad es que también resulta ilegible, aunque apelando a la memoria, podría decir, que es de Amanda Bigliardi de Jousset. Si hay quién disponga de una mayor precisión y  considera que no es así, bienvenido sea si me saca del error.

Fechado “En 25 de Mayo, noviembre / 963”








miércoles, 5 de junio de 2019

La Noches de San Gabriel


Por Miguel Garin



Por aquellos días en el pueblo de San Gabriel se conversaba intensamente sobre dos asuntos: la enfermedad de Eusebio y el  examen que debería afrontar la joven Encarnación, en la que tantas esperanzas estaban depositadas.

Pueblo pequeño, distante 40 kilómetros de la ciudad cabecera del partido, enclavado en zona  ganadera, tenía sus calles de tierra y casi nulo el alumbrado público, solo una lucecita en cada  esquina.

Una arteria de doble carril que recorría el casco urbano de oeste a este,  era la que le daba vida y movimiento. Comenzaba en el arco de entrada, pasaba por los comercios principales, por el Banco, por la Capilla, por la plaza, con sus árboles de naranjos,  por la Delegación Municipal y finalizaba allá a lo lejos, en los corrales.

Baltasar era el herrero del pueblo.

Le llegaban a diario una gran cantidad de discos y rejas de arados. A ambos márgenes del ingreso a su galpón se habían acumulado montañas de hierros viejos, dejando en el centro un serpenteante camino por el que se transitaba haciendo equilibrio. Al lado de la fragua, con la maza en la mano, batiendo el yunque,  pasaba la jornada completa. Era impresionante la fuerza que habían desarrollado sus dos brazos. 

De regreso a casa se bañaba, cenaba junto a su esposa doña Jimena y luego de una breve sobremesa sacaba los sillones de mimbre a la vereda.

Aquella era una costumbre arraigada por años y que había derivado en otra cosa: en reuniones de vecinos, en tertulias, que se habían fijado con fuerza.

La tertulia de Baltasar gozaba de prestigio.

A ella asistían personas de buena reputación; allí solían ponerse en marcha mecanismos de solidaridad que pese a la discreción con que se hacían al final, se terminaban conociendo por lo bajo y a diferencia de otras, en ésta se murmuraba con recato.

No obstante le cabían las generales; en sus reuniones circulaban vertiginosas, las noticias,  las conjeturas, interpretaciones y análisis posibles.

Con ansiedad esperaba Baltasar la concurrencia de don Saturnino, el hombre  prominente del pueblo. Cuando éste llegaba se daba por iniciada la sesión. Era el único tertuliando al que se le dejaba preparado su sillón, los demás tenían un mismo  funcionamiento: saludaban, trasponían el zaguán de la casa, tomaban una silla del comedor y se sumaban a la rueda. Eso era todo.

En el pasado don Saturnino había sido designado Delegado Municipal y bajo su breve mandato se las compuso para crear la escuela secundaria y asimismo,  para organizar el cuartel de bomberos voluntarios.

Hombre reposado que jamás hablaba mal de nadie,  fue capaz de imprimirle naturalmente,  esa  tonalidad a la reunión que se desarrollaba en la vereda de Baltasar.

Eliseo Polleta era otro integrante de la tertulia. Joven, Tesorero del Banco, aficionado al sarcasmo, sus intervenciones por lo general eran punzantes.

Don Saturnino fue derecho al grano: ¿qué se sabe de la salud de Eusebio? preguntó con inquietud.

El vecino  - le informaron- permanecía internado en la ciudad,  aún le estaban haciendo estudios.

-“Eusebio se dejó estar” acotó don Saturnino con movimiento negativo de la cabeza.

- No es solo eso -saltó como un gallo Eliseo - si ya hace dos años que estamos sin médico en San Gabriel.

-¿Y el examen final de la chica Encarnación se conoce cuando es? volvió el primero a preguntar.

Muchos eran los jóvenes que se iban del pueblo; ahí estaba el ejemplo de los hijos del mismo Saturnino, el mayor ya recibido de Ingeniero y trabajando en el extranjero y el menor en camino de lo mismo. O los hijos del propio Baltasar, que habían abierto un taller en la ciudad. Encarnación rendía por esos días la última materia de medicina y la esperanza de la población de San Gabriel era que volviera al pago para cubrir tan sentida necesidad.

Voces inciertas, palabras escuchadas a medias, risas furtivas, permitían adivinar otras reuniones en las tupidas sombras de las veredas.

A las nueve de la noche pasó con regularidad el camión regador de calles.

De tanto en tanto un suave vientito traía, para deleite, las fragancias de los naranjos de la plaza. Ah….los naranjos en flor.




En torno a los corrales había movimiento, dos eran las casas rematadoras que organizaban encierros mensuales. El encargado de las instalaciones era El Corralero, un hombre apreciado.

Frente a ellos estaba el bar La Feria.

Era un boliche de mala fama. Las mujeres,  sino eran acompañadas por hombres no se animaban a caminar por su frente y las madres repetían a sus hijas, como en recomendación sacramental, ¡no vayan a pasar por ese bar!

Verdad era que había cosas que producían los corrales que generaban inquietud;  la cantidad de autos que circulaban obligaba al camión regador a pasar  continuamente, los camiones de hacienda si bien entraban por atrás, no paraban de romper los accesos y  los arreos llenaban de pisaduras de animales los caminos.

Eliseo, que miraba con antipatía la actividad de los remates,  expresó: “se pueden decir muchas cosas de los corrales pero lo cierto es que quién tiene que poner orden allí, no lo hace, al contrario, perdona todo”.

Sabiendo los asistentes que el comentario tocaba al Corralero,  hicieron mutis.

Una nueva reyerta entre dos camioneros era la comidilla del día y le dio pie al joven Tesorero  para volver a la carga, “cuando las noticias – expresó- son normales o buenas comienzan a propalarse desde el oeste, pasan por todo el pueblo y llegan al este. En cambio cuando son malas, alguna trifulca, alguna cuchillada,  el recorrido es inverso, arrancan en el este y suben al oeste”, en clara alusión al conjunto corrales – bar La Feria.

Don Saturnino sentenció de modo inapelable cuanto se venía comentando respecto del asunto:

-Los remates feria –dijo- son fundamentales para el pueblo. Sino fuera por ellos esto estaría más muerto que pavo en Navidad.

Con la llegada de un vecino viajero que venía desde la ciudad se conocieron  noticias frescas: Eusebio seguía internado, estaba terminando los estudios, si las cosas salían bien iba a cirugía la semana próxima.

-Creo que va siendo hora de que organicemos una segunda colecta para él  - dijo como para sí mismo don Saturnino -  y un asentimiento general recorrió la reunión.

En noches de calor salir a la vereda, bajo los árboles, era un imperativo para refrescarse y en cada cuadra había reuniones.

La conducta vergonzosa del “ruso” Topanovsky, el casamiento a las apuradas de la hija de doña Amelia, el quebranto de La Distribuidora, a cuyo dueño – según la creencia general – “la propensión a las mujeres y a los caballos lo habían arruinado”.

Todo lo que se sabía o se creía saber circulaba por las veredas, como transmitido  por alguna ráfaga de ondas prodigiosas.

En ocasiones, el debate ganaba en acaloramiento.

Cuando eso sucedía solía intervenir Baltasar levantando imponente la mano para aplacar. Con solo evidenciar sus brazos fuertes como roca, bastaba para convencer  a los mas levantiscos a bajar el tono y la reunión recuperaba cauce.

Cierto es que se comentaban cosas particulares de la vida de los vecinos pero también era verdad, como contracara,  que cuando había una necesitad, se reaccionaba con corazón solidario.

Mientras se celebraban las reuniones se estaba atento al paso del tren;  nunca faltaba un pasajero que al bajar en San Gabriel trajera novedades.

Así fue como se conoció la nueva tan esperada, la joven Encarnación, había aprobado el examen final de medicina.

Médica. ¡Y de San Gabriel! Por fin una profesional que conozca a la gente del lugar. En las tertulias se recibió el anuncio con gran beneplácito, hasta con emoción.

Eliseo Polleta, pasmado, quedó en silencio; no todo lo que provenía de los corrales era malo. Encarnación era la hija del Corralero.




A las diez y media de la noche don Saturnino miró la hora y se puso de pie. Como si se tratara de una orden pre establecida la sesión se dio por concluida. Cada uno guardó en el lugar correspondiente la silla que había ocupado y se despidieron dándose las buenas noches.

Baltasar y doña Jimena quedaron solos.

Caminaron hasta el centro de la calle para ver el cielo. Se percibía en el aire el exquisito perfume de los naranjos en flor.

La luna llena  vestía de blanco los edificios del Banco y la Capilla.

En los corrales, el encierro había comenzado a la tardecita para el remate del día siguiente y se oían lejanos balidos.

-La hija del Corralero es muy buena chica - expreso Baltasar-  y doña Jimena estuvo de acuerdo.

Mirando la luna,  ambos bostezaron. Desde las ventanas abiertas de los vecinos ya se escuchaban ronquidos, era la hora de ir a dormir.

-¿Cerramos la puerta del zaguán?  preguntó Baltasar

-¿Para qué?  –inquirió doña Jimena -  si no hay tormenta….


viernes, 17 de mayo de 2019

Creciendo

Por Miguel Garin




Ir todos los días a caballo a la escuela no era un pesar para Hernán.

Por crudo que fuera el invierno, por azaroso que fuera el viaje en los días de tormenta, por agobiante que resultaran los 13 kilómetros del trayecto en las jornadas de calor, él siempre lo encontraba entretenido.

En su último año escolar (por entonces el sexto grado) ya contaba con la seguridad, con el aplomo suficiente como para viajar tranquilo, llegar a la escuela media hora antes del izado de la bandera, sacar del portafolio el enorme sándwich que todos los días le preparaba su mamá Nani, comérselo e incluso jugar unos minutos de picadito de fútbol como para entonar el cuerpo.

A la escuela iban chicos que vivían en las inmediaciones de la estación de trenes, en las chacras vecinas, en la estancia y en parajes rurales.

Leonor era alumna del quinto grado.

A sus once años de edad era toda una señorita si se la medía por la  seguridad con la que se movía. Ese año había decidido que ya no necesitaría a nadie de su familia para ir a la escuela. En adelante iría sola, en sulky.

Ella también vivía en su chacra, en el paraje El Mojón,  distante diez kilómetros, pero  en la dirección opuesta.

Buen alumno, buen compañero, abanderado, su casa era la chacra familiar, donde desde muy chico, había sentido el llamado de la tierra; todo cuanto venía del campo le interesaba, particularmente las máquinas agrícolas, como la cosechadora que la familia explotaba y que manejaba su papá Luis.

Soñaba con ser tan ducho como él y  con tener algún día la piel de la cara reseca como la del abuelo Giovanni.

Para Hernán, los campos que habitualmente veía  no tenían secretos: aquí un gran lote de trigo, allí uno de cebada, más allá un cuadrito de avena, todos ellos le agitaban la imaginación.

Con la cosechadora en el galpón ya sabía cómo sería la secuencia del trabajo para la campaña del trigo: comenzaría por la propia chacra, continuaría por el vecindario y se extendería por la zona.

-Ah…la cosechadora….yo quisiera manejarla alguna vez-  se ilusionaba en la soledad de su viaje cotidiano.

En la escuela el contacto con Leonor se hizo frecuente.

En la formación, en el aula, en el recreo; había simpatía mutua, hasta que un día los ojos de ambos se tocaron.

En el viaje de regreso Hernán no pudo dejar de pensar en esos bellos ojos del color del cielo y un hormigueo extraño le recorrió los dedos. Fue ahí que se dio cuenta que nunca quería faltar a la escuela, para no dejar de verla. Ella tampoco faltaba.

En el reducido ámbito social de la vida en el campo, que una situación como esta se presentara, no era para tomarla a la ligera. ¿Cuándo terminaran las clases ya no la vería más?

Con el fin de año escolar le sucedieron dos cosas: la primera fue que efectivamente las despedidas en la escuela le produjeron tristeza y  un gran vacío. Al despedirse de Leonor le dijo, turbado,  “te voy a extrañar”.

Quedó ella pensando unos instantes  y al cabo  respondió:

-“Cuando me extrañes salí afuera y mirá la luna, yo siempre voy a estar mirándola”. Esas palabras le trajeron algo de sosiego.

Lo segundo que le ocurrió fue que al día siguiente ya estaba encaramado en la cosechadora junto a su padre.

Trabajaban en  la zona, aunque alejándose cada vez mas de la casa y tal como se lo imaginaba, la vida en la casilla le parecía  una atrayente  aventura. El abuelo Giovanni cocinaba.

Era frecuente que los chicos se sumaran a temprana edad, a las labores del campo, como apoyo en una diversidad de pequeñas tareas.  En vez este sí que era un trabajo de adulto, un trabajo “en serio”. Justo lo que él quería.

Había un mar dorado de trigo.

Terminaban un lote y debían salir volando al lote del vecino, para aprovechar al máximo el buen tiempo.

Los días pasaban rápido y estimaban que el trabajo se extendería hasta fines de enero.

Recién volvió a la casa para la noche del 24 de diciembre. Cenaron en la gran mesa ubicada debajo de la parra, con la presencia de mamá, papá, su hermana Elisa, del tío, de la tía y de los primos que habían venido desde la ciudad.

En la cabecera la abuela Herminia y a su derecha el abuelo, ambos con cara de felicidad, eran quienes presidian la reunión. El momento de comunión familiar era bello, en la Nochebuena estaban todos juntos.

Sin embargo dentro de Hernán había inquietud, quería estar solo. 

En cuanto pudo se levantó de la mesa. Miró el cielo, miró la luna, se extendía en su alma la imagen de aquellos ojos del color del cielo ¿dónde estaría ella ahora?

A la mañana del mismo día de Navidad fueron al campo para retomar la faena.

Por un polvoriento camino llegaron al paraje La Campaña, para Hernán estos campos y el paisaje le resultaban desconocidos.

 - Allí, en aquel montecito –le informó su padre señalando con el dedo-  aún se pueden ver los restos del fortín de línea  de más de cien años y al lado, el cementerio de los seis milicos que murieron cuando los indios de Juan Calfucurá  lo atacaron.




Visto que entendía muy bien a la máquina, el papá Luis le daba el gusto y lo hacía manejar;  a él le parecía estar en la gloria.

- Cuando el caudal de trigo, cuando el rinde es alto –le explicaba- tenés que llevarla muy despacio para que no se atore y para que los dos hombres que van atrás, uno “enganchador” y otro “cosedor de bolsa” hagan su trabajo.

El comando del volante le pareció  duro y cansador. Cuando llegó la tardecita estaba agotado,  fue a la casilla, comió fruta y se acostó a dormir ¡qué bien se duerme cuando se está tan cansado!

A la mañana siguiente una bocanada de aire fresco renovó el ambiente.

-“Despertate dormilón, aún te falta endurecer el cuerpo”  escuchó que le decían, era su padre que le traía un mate. – “Ya estamos en un nuevo año”  –le agregó para su sorpresa.

La noche del 31 le había pasado desapercibida, muy distinta a los años anteriores, que habían transcurrido con algarabía familiar aunque con las ausencias de papá y del abuelo. 

Estaba ante una prueba a la que se vería sometido si de verdad quería el oficio, permanecer lejos de casa. Por eso no eran tantos los hombres que estaban dispuestos a emprender por meses,  la cosecha fina y luego de un breve tiempo, la gruesa, sufriendo sin rezongos y sobreponiéndose a los calores y a los fríos más crueles.

El Mojón era un paraje rural en el que convergían tres caminos; también este era un lugar extraño para Hernán.

La única construcción era un viejo almacén de ramos generales en cuyo frente se conservaba, como reliquia del pasado, un largo palenque.

Debajo de añejos árboles quedó la casilla. En los alrededores habían chacras prósperas, con sus dueños ansiosos por ver cosechado el trigo, casi no tuvieron tiempo de llegar que ya estaban en el primer lote.

Se sucedieron los campos,  estuvieron en los de Acerbo, Vechara, Calman, Moretti, Aizaga, Escudero, hasta que Hernán perdió el hilo….

Un sol abrasador envolvía el campo.

En otras circunstancias hubiera sido el momento para una reparadora siesta, pero no para ellos que tenían que seguir.

Una repentina falla los hizo detener;  revisaron, se había cortado una correa y aquello por lo que tanto se preocupaban para que no sucediera, que nada se rompiera en plena labor, sucedió de todos modos. Para mayor contrariedad en la camioneta no había repuesto, había que ir a buscarlo a la ciudad ¡distante más de treinta kilómetros de camino de tierra!

Por mandato de su padre, el jovencito quedó al lado de la cosechadora.

El vasto silencio, la soledad, el suave viento que parecía hacer olas en el trigo aún sin cosechar, lo hicieron entrar en sopor.

A la distancia, desde la casa, ella vio la máquina detenida, incluso alcanzo a verlo a él y  pensó que podía ayudar, el calor era muy fuerte.

Con agua fría de la bomba del patio preparó una jarra de limonada,  una  servilleta para cubrirla y dos vasos.

Salió sin que nadie lo notara y protegida por un sombrerito cruzó el campo.

Lo encontró sentado en la tierra y con la espalda apoyada en la gran rueda que daba a la sombra.

- Hola Hernán – le dijo cuando estuvo cerca -   pero éste no respondió.

- Hola Hernán, ¿no me conocés? Te traje algo fresco…. ¿Verdad que no te olvidaste de mi?, ¿verdad que alguna noche miraste la luna al mismo tiempo que yo?

Hernán no hacía ninguna reacción, aquellos ojos eran un regalo del cielo ¿lo que veía  era real o soñaba?

Hasta que cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo.  Con el cuerpo inseguro por la somnolencia se puso de pie y fue entonces que con sorpresa, que con enorme asombro,  exclamó:

- ¡Leonor!


TRIANGULO DEL OESTE DE 1966